SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO - CICLO A
Primera lectura: Isaías 11, 1-10; Salmo 71, 1-2. 7-8. 12-13. 17 (R.: cf. 7); Segunda lectura: Romanos 15, 4-9; Evangelio: Mateo 3, 1-12.
En este segundo domingo de Adviento la liturgia nos regala una súplica que debería acompañarnos durante estos días: pedimos a Dios que «los afanes terrenales no nos impidan salir al encuentro de su Hijo que viene». Es una oración breve, pero muy profunda. Nos recuerda que podemos llenarnos de tantas cosas, de tantas urgencias, de tantas preocupaciones, que lo verdaderamente importante termina quedando al margen. Y la oración después de la comunión completa esta idea cuando pedimos que el sacramento recibido nos enseñe a «sopesar la sabiduría de los bienes de la tierra y amar intensamente los del cielo». No se trata de despreciar lo terrenal, sino de aprender, con sabiduría, a darle a cada cosa su lugar. El Adviento es tiempo de ordenar la casa del corazón: saber qué sirve y qué estorba, qué enriquece y qué distrae, qué conduce al cielo y qué simplemente nos dispersa. La sabiduría que viene de Dios es la que nos permite usar los bienes de este mundo sin que ellos se adueñen de nosotros, y orientarnos hacia lo que permanece.
La primera lectura nos presenta al personaje ungido por el Espíritu Santo, aquel retoño que brota del tronco de Jesé. Es una figura llena de esperanza. Su presencia es prudente, justa, renovadora. Donde Él gobierna, todo cambia; donde Él está, la violencia desaparece. Isaías lo dice con imágenes hermosas: el lobo habitará con el cordero, el niño jugará sin temor, no habrá daño ni destrucción. Es la descripción de un mundo restaurado desde dentro. Y eso es precisamente lo que el Señor quiere hacer con nosotros: renovar lo que está herido, transformar lo que se ha endurecido, apagar la violencia que a veces se ha instalado en nuestros gestos, en nuestras palabras o en nuestra convivencia. El Adviento nos pone delante este deseo de Dios: que su Espíritu repose también sobre nosotros y haga nuevas todas las cosas.
En la segunda lectura encontramos una de esas frases que tocan el corazón: «Tengan entre ustedes los sentimientos de Cristo Jesús». No basta admirarlo; estamos llamados a parecernos a Él, a dejar que su modo de amar, de servir y de obedecer vaya modelando nuestra vida. Ser cristiano es justamente eso: permitir que Cristo viva en nosotros. Por nuestras fuerzas no podemos lograrlo, por eso pedimos su gracia. La Eucaristía que recibimos es la que educa nuestro corazón, la que nos enseña a discernir, a ordenar los deseos, a reconocer dónde está el verdadero bien. Sin esa gracia, seguimos siendo fácilmente arrastrados por los afanes del mundo; con ella, comenzamos a mirar con los ojos de Cristo y a valorar las cosas como Él las valora.
Y el Evangelio nos conduce hacia la figura fuerte y fascinante de San Juan Bautista. Un hombre radical, sencillo, sin dobleces, sin miedo a decir la verdad. Es el nuevo Isaías: su voz resuena en el desierto llamándonos a enderezar nuestros caminos. Él no negocia con la mediocridad; dice claramente que hay que convertirse, que hay que dar frutos, que no basta decir «Señor, Señor», y que quien no viva rectamente será talado y arrojado al fuego. Sus palabras pueden resultar incómodas, pero son necesarias. Nos recuerdan que la vida cristiana no es un adorno, sino una decisión. No es sentimentalismo, sino conversión. No es sólo buena intención, sino fruto concreto.
Por eso, en medio de estos días en los que el mundo se llena de actividad, luces, compras y celebraciones anticipadas, la Palabra nos pide que no nos perdamos en los afanes. Es fácil distraerse, dejarse absorber por todo lo exterior, multiplicar ocupaciones y olvidar lo esencial. Pero el Adviento no es para correr más, sino para esperar mejor. No es para llenarnos de cosas, sino para abrir espacio a Dios. Si de verdad creemos que nuestro Salvador viene, entonces estos días tienen que tener otro ritmo, otra profundidad, otro tono en el corazón. Necesitamos más silencio, más oración, más escucha, más conversión, más caridad. Necesitamos permitir que el Señor nos encuentre despiertos, disponibles, con el corazón ordenado.
Pidamos hoy esta gracia: que la sabiduría del cielo nos enseñe a valorar correctamente los bienes de la tierra; que la Eucaristía modele en nosotros los sentimientos de Cristo; que el Espíritu Santo renueve nuestra vida y quite de ella toda violencia; y que, como Juan Bautista, tengamos la valentía de convertirnos de verdad. Que no nos gane la superficialidad ni la distracción, sino que podamos intensificar nuestra espera del Señor. Que María, la mujer que supo esperar en silencio y con fe, nos acompañe en este camino hacia la Navidad que viene.
Buen domingo en la presencia del Señor.
P. Martín
Les dejo una reflexión anterior que puede complementar:
https://pmartinreflexiones.blogspot.com/2022/12/segundo-domingo-de-adviento-ciclo-a.html?m=1

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