PRIMERO DOMINGO DE ADVIENTO - CICLO A

Primera lectura: Isaías  2, 1-5; Salmo 121, 1-2. 4-5. 6-7. 8-9 (R.: Cf.1); Segunda lectura: Romanos 13, 11-14a; Evangelio: Mateo 24, 37-44.



Cuando comenzamos el Adviento en el ciclo A, la liturgia, con mucha sabiduría, no nos lleva primero a mirar al pesebre, sino a levantar la mirada hacia el horizonte definitivo. Es como si la Iglesia nos dijera: «Antes de recordar la primera venida, despierta tu corazón a la segunda». Y esto es profundamente pedagógico, porque el cristiano vive justamente en esta tensión: Cristo vino, Cristo viene cada día y Cristo vendrá de manera definitiva. 

Las lecturas de este domingo colocan nuestra existencia en ese punto de encuentro entre la historia que sigue su curso y el día de Dios que se acerca. Isaías lo expresa con esa imagen tan audaz de un monte elevado donde Dios reúne a todos los pueblos para enseñarles sus caminos; Mateo, con la seriedad de aquel que sabe que el Señor puede llegar en cualquier momento. El Adviento empieza así, obligándonos a salir de la distracción y a recordar que nuestra vida tiene un destino y que la historia no es un ciclo sin sentido, sino un camino hacia el encuentro final con el Señor.

A partir de este horizonte escatológico, las lecturas también nos hablan con mucha claridad de la situación interior del ser humano. Tanto san Pablo como el evangelio retratan el desorden que aparece cuando uno vive sin referencia a Dios. Pablo es muy gráfico cuando habla de «las obras de las tinieblas», pero lo que señala no es solamente moral: es un estilo de vida que deja de percibir la presencia de Dios y se entrega a lo inmediato, a lo que no construye. Jesús, por su parte, recuerda la generación de Noé, que vivía en lo suyo, en su rutina, en «lo de siempre», sin darse cuenta de que la historia estaba entrando en un momento decisivo. No es que comer, beber o casarse sean malos; lo peligroso es vivir sin discernimiento, sin mirar el tiempo desde Dios. Por eso la vigilancia es tan importante. 

Pablo nos invita a «despertar del sueño», es decir, a sacudir la indiferencia espiritual, a no conformarnos con un cristianismo adormecido. Y el evangelio insiste en lo mismo: no se puede vivir de espaldas al Señor que viene. La vigilancia es una actitud del corazón que se mantiene abierto a la gracia, atento a lo que Dios hace y dispuesto a la conversión.

También aparece con fuerza un tercer aspecto: llegará un momento en que todo tendrá un final. Isaías lo expresa de manera pacífica y luminosa: el juicio de Dios que ordena, que enseña y que conduce a la verdadera paz. Mateo lo dice desde la perspectiva de la sorpresa: el Señor llega cuando uno no lo espera y revela lo que cada uno llevaba en el corazón. En ambos casos, se trata de un final que pone a la luz la verdad. No es un final absurdo ni fatalista, sino la consumación del proyecto de Dios. 

Y aquí entra la esperanza sobrenatural, que es tan central para comprender el Adviento. No esperamos por esperar; esperamos porque confiamos en el Dios que ha prometido venir y que no falla. La esperanza cristiana no es optimismo ingenuo, es certeza de fe: aquel que nació en Belén vendrá como Señor de la historia. Isaías contempla a los pueblos caminando hacia la luz; Pablo afirma que «la noche va pasando»; Jesús nos exhorta a estar preparados. Todo converge en la misma afirmación: Dios viene, y su venida ilumina la vida entera.

Por eso, el Adviento es un tiempo que, bien vivido, reordena nuestra existencia. Nos obliga a preguntarnos cómo estamos usando el tiempo, si vivimos despiertos o dormidos, si nuestras acciones tienen sabor de eternidad o si nos hemos dejado arrastrar por aquello que no conduce a Dios. El Adviento nos educa la mirada para distinguir lo esencial de lo accesorio, nos hace volver a la Palabra como luz segura y, sobre todo, nos enseña a esperar a Cristo, no con temor, sino con alegría responsable. Esperarlo es reconocer que él es el sentido de nuestra vida y el destino de nuestra historia. Que este tiempo nos acerque a la luz del Señor y nos permita caminar hacia él con un corazón vigilante, disponible y lleno de esperanza.

Buen domingo en la presencia del Señor y buen inicio de este año litúrgico. 

P. Martín

Les comparto una reflexión anterior que puede complementar:

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