TERCER DOMINGO DE ADVIENTO - CICLO A
Primera lectura: Isaías 35, 1-6a. 10; Salmo 145, 7. 8-9a. 9bc-10 (R.: cf. Is 35, 4); Segunda lectura: Santiago 5, 7-10; Evangelio: Mateo 11, 2-1.
Con el tercer domingo de Adviento, tradicionalmente llamado Gaudete, la liturgia introduce una nota particular de alegría en el camino hacia la Navidad. No se trata de un gozo superficial o anticipado, sino de la alegría profunda que nace de la certeza de que el Señor está cerca y de que su salvación ya está en acción. Así lo expresa la oración colecta, cuando pedimos llegar “con alegría” al acontecimiento de la salvación. La Iglesia no pide solo llegar cronológicamente a la Navidad, sino llegar interiormente preparados, con un corazón disponible para reconocer la acción salvadora de Dios en la historia.
La primera lectura, tomada del profeta Isaías (35, 1-6.10), pertenece a un contexto de prueba y desolación para el pueblo. El profeta anuncia un futuro nuevo, marcado por la intervención directa de Dios: el desierto florece, los débiles recobran fuerzas, los ciegos ven, los sordos oyen y los cojos saltan. No se trata únicamente de imágenes poéticas, sino de signos concretos de la restauración integral que Dios promete. Al final del pasaje resuena una nota decisiva para este domingo: “los rescatados del Señor volverán, entrarán en Sión con cantos de júbilo; alegría sin límite en sus rostros”. La meta del camino es la comunión con Dios, y esa comunión se expresa como gozo pleno y duradero. El Adviento recuerda que nuestra historia no está cerrada sobre el sufrimiento, sino abierta a una promesa de vida y de alegría definitiva.
La segunda lectura, de la carta de Santiago (5, 7-10), introduce una exhortación muy concreta: “tengan paciencia hasta la venida del Señor”. La paciencia cristiana no es pasividad ni resignación, sino espera activa y confiada. Santiago utiliza la imagen del agricultor que aguarda el fruto de la tierra: sabe que el tiempo es necesario, pero también que la cosecha llegará. En este contexto aparece una advertencia solemne: “el juez está ya a las puertas”. No es una amenaza, sino una llamada a vivir con responsabilidad el presente, sabiendo que la historia camina hacia un encuentro definitivo con el Señor. El Adviento, por tanto, es tiempo de vigilancia interior, de conversión serena y de perseverancia en el bien.
El Evangelio según san Mateo (11, 2-11) nos presenta la figura de Juan el Bautista en un momento de oscuridad. Desde la prisión, Juan envía a preguntar a Jesús si es verdaderamente el que había de venir. La respuesta de Jesús no es teórica, sino profundamente bíblica: remite a los signos anunciados por Isaías. Los ciegos ven, los cojos andan, los pobres reciben la Buena Noticia. Jesús confirma así que en su persona las promesas se están cumpliendo. Juan aparece como el profeta que prepara y señala, pero también como el que debe aprender a confiar cuando el modo de actuar de Dios supera las propias expectativas.
En estos días finales del Adviento, la liturgia nos invita a no distraernos con el consumismo ni con las banalidades que vacían el corazón. Estamos llamados a preparar la memoria agradecida de la primera venida de Cristo y, al mismo tiempo, a vivir orientados hacia su venida gloriosa. La verdadera alegría no nace de lo que se compra o se acumula, sino de reconocer que el Señor ya está en medio de nosotros y que su salvación es segura. Esa es la alegría que la Iglesia nos propone hoy: una alegría sobria, esperanzada y profundamente cristiana.
Buen domingo en la presencia del Señor.
P. Martín
P.d. Dejo una reflexión anterior que puede ayudar.

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