EPIFANÍA DEL SEÑOR - CICLO A

Primera lectura: Isaías 60, 1-6; Salmo 71, 2. 7-8. 10-11. 12-13 (R.: cf. 11); Segunda lectura: Efesios 3, 2-3a. 5-6; Evangelio: Mateo 2, 1-12.



En muchos lugares la Epifanía se celebra el 6 de enero, pero en el Perú, por razones pastorales, la celebramos el domingo anterior. No es solo un cambio de fecha: es una oportunidad providencial para que toda la comunidad participe de este misterio. Hoy, en este día, celebramos la Epifanía del Señor.

La oración colecta nos da la clave de lectura de toda la solemnidad: «Oh Dios, que en este día revelaste a tu Unigénito a los pueblos gentiles». No dice recordaste ni conmemoraste, sino revelaste en este día. La liturgia no nos pone frente a un hecho del pasado, sino que nos introduce, de modo misterioso pero real, en el acontecimiento mismo. Hoy somos testigos de la revelación. Hoy, el Señor vuelve a manifestarse.

Y esa revelación no es privada ni exclusiva. Es una revelación abierta, universal, destinada a todos los pueblos. Cristo no pertenece a un grupo, a una cultura o a una élite religiosa. Se revela a todos. Por eso la Epifanía rompe cualquier intento de encerrar a Dios en fronteras humanas. La Iglesia no anuncia un Dios propio, sino un Dios ofrecido a todos.

La misma colecta nos interpela con delicadeza cuando dice: «a los que ya te conocemos por la fe». ¿Es verdad que lo conocemos? ¿Le dedicamos tiempo real al Señor? ¿Creamos espacios para el trato personal con Él? Conocer a Cristo no es solo saber cosas sobre Él. Es frecuentarlo, escucharlo, dejarnos transformar. Y por eso la oración concluye con una súplica profunda: que podamos «contemplar la hermosura infinita de tu gloria». Esa contemplación comienza aquí, en la tierra, y se alimenta del trato personal con Jesucristo, de la frecuencia de los sacramentos y de las oportunidades concretas de formación cristiana.

La primera lectura nos presenta una imagen luminosa: el Señor se convierte en lugar de encuentro. «Todos vienen hacia ti… sobre ti se verá la gloria del Señor». Las naciones no se reúnen en torno a una idea, sino en torno a una persona. Dios atrae, convoca, reúne. Y en ese movimiento aparecen los dones: oro e incienso, como también dirá el Evangelio, al que se añadirá la mirra.

Estos dones no son accesorios. El oro reconoce la realeza de Cristo: no un rey según el poder del mundo, sino el Rey que sirve. El incienso expresa la adoración: Jesús es verdadero Dios, digno de culto. Y la mirra, que aparece al final del Evangelio, anticipa el misterio de la pasión y de la muerte: el Niño nacido para nosotros es el mismo que entregará su vida por nosotros. En la Epifanía ya está contenido todo el misterio pascual.

La segunda lectura nos recuerda que los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa. Nadie llega tarde al Evangelio. Nadie queda fuera si acoge la revelación con fe.

Y el Evangelio nos muestra dos caminos. El camino de Herodes, marcado por la envidia, el miedo y la mentira, que intenta desviar a los Magos. Y el camino de Dios, guiado por la estrella. En nuestra vida encontraremos personas, situaciones y acontecimientos que, como esa estrella, nos orientan hacia el Señor. Pero también encontraremos obstáculos. La Epifanía nos invita a discernir y a elegir siempre el camino que conduce a Cristo.

Hoy, como los Magos, estamos llamados a ponernos en camino, a dejarnos iluminar y a adorar. Porque Dios sigue revelándose. Y nosotros estamos aquí para acoger esa luz.

Buena solemnidad del Epifanía y buen domingo en la presencia del Señor.

P. Martín

P.d. Como todos los años son las mismas lecturas en esta Solemnidad, si quieren leer alguna reflexión anterior que complemente pueden buscarlo en el blog escribiendo Epifanía del Señor.

Comentarios

Entradas populares de este blog

EL TIEMPO ORDINARIO

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO - CICLO A

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA