DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR - CICLO A

Primera lectura: Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43; Salmo 117, 1-2. 16ab-17. 22-23 (R.: 24); Segunda lectura: Colosenses 3, 1-4; Evangelio: Juan 20, 1-9.


«Oh, Dios, que en este día, vencida la muerte,nos has abierto las puertas de la eternidad por medio de tu Unigénito…». La oración colecta pone el acento no solo en un hecho pasado, sino en una realidad que se abre hoy: la Resurrección no es un recuerdo, es una puerta. Dios no solo resucita a Cristo, sino que inaugura para nosotros un camino nuevo. Pascua es, por tanto, el día en que la vida deja de estar cerrada sobre sí misma y se abre definitivamente a Dios.

La primera lectura presenta el anuncio de San Pedro: «Nosotros somos testigos… Dios lo resucitó al tercer día». La fe pascual nace del testimonio. No es una idea, ni un sentimiento interior, sino el anuncio de un acontecimiento real. La Iglesia vive de este testimonio apostólico: Cristo ha resucitado y se ha dejado ver. Por eso, la Pascua es también un envío: quien cree, se convierte en testigo.

El salmo responde con alegría: «Este es el día que hizo el Señor». No es un día cualquiera; es el día nuevo, el día definitivo. Toda la historia encuentra aquí su centro. La liturgia no solo recuerda este día, sino que lo hace presente sacramentalmente, de modo que hoy participamos de ese mismo gozo.

En la segunda lectura, San Pablo nos lleva a una consecuencia concreta: «Busquen los bienes de arriba». La Resurrección no es solo una verdad que se cree, sino una vida que se transforma. Si hemos resucitado con Cristo, nuestra mirada, nuestros deseos y nuestras decisiones deben orientarse hacia lo alto. La Pascua exige una coherencia nueva: vivir como resucitados en medio del mundo.

El Evangelio de Juan nos sitúa en el sepulcro vacío. María Magdalena corre, San Pedro entra, y el discípulo amado «vio y creyó». Es significativo: no ven a Cristo resucitado, sino los signos de su ausencia. La fe pascual comienza muchas veces así: en medio de signos discretos, en medio incluso de la incertidumbre. Pero quien ama, quien permanece cercano, es capaz de dar el salto de la fe.

La oración sobre las ofrendas nos recuerda que en este día «rebosamos de alegría pascual», y que este gozo se expresa en el sacrificio. La Eucaristía es el lugar donde el misterio pascual se actualiza: el mismo Cristo que resucitó se nos da como alimento. Y la oración después de la comunión pide que, renovados por estos sacramentos, «lleguemos a la gloria de la resurrección». Es decir, lo que celebramos sacramentalmente hoy, estamos llamados a vivirlo plenamente en la eternidad.

Así la Pascua nos sitúa en una tensión hermosa: ya hemos sido introducidos en la vida nueva, pero todavía caminamos hacia su plenitud. Hoy no celebramos solo que Cristo ha resucitado, sino que nosotros hemos comenzado a resucitar con Él. Y esta es la gran noticia que el mundo necesita: la muerte no tiene la última palabra, el pecado ha sido vencido, y la vida ha triunfado para siempre.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

¡Verdaderamente ha resucitado el Señor!

P. Martín 

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