DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A


Primera lectura: 1Reyes 19, 9a. 11-13a; Salmo 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 (R.: 8); Segunda lectura: Romanos 9, 1-5; Evangelio: Mateo 14, 22-33.


Vivimos en un tiempo en el que parece que ya no se cree. O, mejor dicho, queremos tener seguridades para poder creer en Dios. Queremos que Él responda a nuestras exigencias, que se manifieste de la manera que nosotros esperamos y hasta pretendemos ponerle condiciones. Pero Dios no funciona según nuestros parámetros.

Lo primero que debemos recordar es que Dios se nos manifiesta, se nos revela, por pura misericordia. No porque tengamos derecho a exigirle que lo haga. Pensemos por un momento qué somos nosotros en medio de la inmensidad del universo: apenas un grano de arena. Y, sin embargo, Dios, infinitamente grande y majestuoso, ha querido darse a conocer. ¿Para qué? Para hacernos partícipes de su misma vida. Quiere divinizarnos, cristificarnos, hacernos hijos en el Hijo; quiere que lleguemos a ser otros Cristos.

La primera lectura nos presenta al profeta Elías esperando el paso del Señor. Hay viento huracanado, terremoto y fuego, pero Dios no estaba allí. Finalmente llega una brisa suave, y Elías reconoce su presencia. Nosotros muchas veces esperamos «el espectáculo de Dios», algo extraordinario, estruendoso, casi espectacular. Sin embargo, Dios suele hacerse presente silenciosamente. Está allí, respetuoso, podríamos decir humanamente como un caballero, sin avasallar nuestra libertad. El problema es que muchas veces nos falta fe para reconocerlo en las pequeñas cosas y en las situaciones ordinarias de cada día.

San Pablo, en la segunda lectura, siente un profundo dolor por aquellos de su propio pueblo que, habiendo recibido tantos dones de Dios, no han reconocido plenamente a Cristo. También nosotros podemos tener muchas gracias, conocer la fe, participar de los sacramentos y, sin embargo, vivir como si Dios no estuviera presente. No basta haber recibido mucho; es necesario reconocer al Señor y confiar realmente en Él.

Y eso aparece claramente en el Evangelio. En medio del viento y de las aguas agitadas, Jesús dice a sus discípulos: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!». Esa palabra también es para nosotros. En medio de nuestros problemas, temores, enfermedades, preocupaciones y situaciones que parecen superarnos, el Señor sigue estando allí.

Pedro, sin embargo, quiere una prueba: «Señor, si eres tú…». Cuántas veces hacemos lo mismo: «Señor, si realmente existes, haz esto; si me amas, concédeme aquello». Pretendemos poner a Dios a prueba. Y cuando Pedro comienza a mirar más la fuerza del viento que a Cristo, empieza a hundirse.

También nosotros nos hundimos cuando dejamos de mirar al Señor y creemos más en nuestros miedos que en su poder. Pero aun entonces Cristo extiende la mano y nos sostiene.

Pidamos hoy la gracia de crecer en la fe: creer en el Dios verdadero, reconocer su presencia silenciosa y aprender a caminar confiados, sin ponerle condiciones. Porque, aunque las aguas estén agitadas, Él sigue diciéndonos: «Ánimo, no tengas miedo. Yo estoy contigo».

Buen domingo en la presencia del Señor. 

P. Martín 

P.d. comparto una reflexión anterior que puede ayudar o complementar.

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