EL TIEMPO ORDINARIO

El Tiempo Ordinario en el año litúrgico: tiempo para conocer y seguir a Cristo


Dentro del año litúrgico, el llamado Tiempo Ordinario ocupa un lugar particular y, a veces, poco comprendido. No se trata de un tiempo secundario ni de menor densidad espiritual, sino de un período fundamental para la vida cristiana, en el que la Iglesia acompaña a los fieles en el seguimiento cotidiano de Jesucristo.

Es bueno recordar que antes de la reforma del año litúrgico promovida por el Concilio Vaticano II, la estructura del calendario hablaba de un tiempo después de Epifanía y de un tiempo después de Pentecostés. Ambos períodos estaban marcados por una cierta continuidad temática, pero carecían de una unidad clara. Con la reforma litúrgica, estos tiempos fueron integrados bajo una sola denominación: Tiempo Ordinario, con el fin de resaltar su carácter unitario y su significado teológico propio.

Según las Normas universales sobre el año litúrgico y el calendario, el Tiempo Ordinario se divide en dos grandes etapas. La primera comienza el lunes siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor y se prolonga hasta el martes previo al Miércoles de Ceniza. La segunda etapa inicia el lunes después de la solemnidad de Pentecostés y se extiende hasta la hora intermedia previa al primer domingo de Adviento (cf. NUALC, n. 43–44). De este modo, el Tiempo Ordinario abraza la mayor parte del año litúrgico, no por simple extensión cronológica, sino porque en él se despliega la vida pública del Señor en toda su riqueza.

Es importante subrayar que el Tiempo Ordinario no es un tiempo “muerto”, ni un paréntesis espiritual entre las grandes celebraciones. Tampoco es un tiempo de relajamiento o de “bajar la guardia” en la vivencia de la fe. Por el contrario, es el tiempo en el que la Iglesia propone, domingo tras domingo, los misterios de la vida y de la predicación de Cristo, sus gestos, sus parábolas, sus encuentros, su enseñanza y su camino hacia el Padre. Como señalan las Normas universales, en este tiempo “se celebra el misterio de Cristo en su totalidad, sobre todo los domingos” (cf. NUALC, n. 43).

Desde el punto de vista simbólico, el color litúrgico propio del Tiempo Ordinario es el verde. La Ordenación General del Misal Romano explica que este color se usa “en los oficios y misas del Tiempo Ordinario” (OGMR, n. 346). Algunos autores han señalado que este verde no debe entenderse como un color brillante o festivo, sino más bien como un verde sobrio, semejante al de la hoja, en continuidad con una cromática de tono joánico. Otros optan por un verde más clásico. En cualquier caso, el simbolismo es claro: el verde expresa la esperanza, el crecimiento y la vida que madura lentamente. No es el estallido de la Pascua ni la expectativa intensa del Adviento, sino la perseverancia paciente del creyente que camina con Cristo.

Desde una perspectiva espiritual, el Tiempo Ordinario ofrece una oportunidad privilegiada para conocer más profundamente a Jesucristo. No se centra en los misterios de la Encarnación, propios del Adviento y la Navidad, ni en el misterio pascual celebrado intensamente en la Cuaresma y la Pascua. Es, más bien, el tiempo del discipulado cotidiano, del aprendizaje constante, del seguimiento fiel en lo ordinario de la vida. Aquí el cristiano es invitado a escuchar con atención la Palabra, a dejarse interpelar por los gestos de Jesús y a configurar su propia vida según el Evangelio.

Vivir bien el Tiempo Ordinario implica asumir que la santidad se construye también —y sobre todo— en la perseverancia, en la fidelidad diaria, en el crecimiento silencioso de la fe, la esperanza y la caridad. Es el tiempo para dejarnos formar por Cristo, para conocerlo mejor y para aprender a vivir como Él vivió, haciendo de lo ordinario un verdadero camino de encuentro con Dios.

P. Martín Vértiz Apuy 

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