CUARTO DOMINGO DE CUARESMA - CICLO C
Primera lectura: Josué 5, 9a. 10-12; Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7 (R.: 9a), Segunda lectura: 2 Corintios 5, 17-21; Evangelio: Lucas 15, 1-3. 11-32
Estamos en el cuarto domingo de Cuaresma, conocido
también como domingo de Laetare, en razón de las primeras palabras de la antífona
de entrada: “Lætáre, Ierúsalem, et
convéntum fácite, omnes quid ilígitis eam; gaudéte cum lætítia, qui in
tristítia fuístis, ut exsultétis, et satiémini ab ubéribus consolatiónis
vestræ” (“Alégrate, Jerusalén,
reuníos todos los que la amáis, regocijaos los que estuvisteis tristes para que
exultéis; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos”). Frente a
ello, cabe mencionar que una de las particularidades de este día radica en que los sacerdotes pueden vestir ornamentos color rosa como
señal de la cercanía a la Pascua. [Al final de este escrito adjunto un enlace para conocer
un poco más sobre la historia de esta fecha].
En la primera lectura vemos cómo nos vamos acercando a ese
momento culminante de la Pascua, donde sentimos el esfuerzo que toma ir
cambiando de vida para después resucitar con Cristo. La meta es distinta a la
que nos presenta el mundo, indudablemente; sin embargo, es un sacrificio que en
el Cielo será premiado con creces. Debemos configurarnos cada vez más con Él. De
ahí que en la primera lectura advirtamos cómo la Pascua es la experiencia de ir
dejando el pasado; está representado en el alimento nuevo. Como resultado, el
que vive su Pascua va a ir encontrando un sentido nuevo a su existencia y a su
vida, va a resucitar con Cristo.
En la segunda lectura contemplamos esto de lo que ya
hemos tratado: si uno está con Cristo, unido a Él, consecuentemente iremos
dejando la conducta del pasado para abrirnos a la actualidad, que es siempre un
don. Un presente sin Dios es un sin sentido, un absurdo. Desde Dios, en cambio,
todo está destinado para que nos encontremos con la novedad de Jesús. Cristo renueva
todas las cosas, y amablemente espera de nosotros que participemos de esa primicia
que Él nos trae. Para alcanzar esa novedad tenemos que reconciliarnos con Dios.
Es menester restaurar ese vínculo profundo que hay entre Dios y los hombres, el
cual se vio dañado por la trasgresión de los mandatos. Jesús viene a ser la
justicia de Dios en nombre de toda la humanidad que está dañada por el pecado. Por
consiguiente, nosotros debemos ponernos bajo el amparo de Jesucristo si
queremos romper con las estructuras de pecado que dañan la sociedad y los
sistemas de la vida misma.
Y hoy escuchamos en el Evangelio la parábola del hijo
pródigo. Cuántas veces nosotros tenemos que llegar a lo más hondo de una
experiencia crítica para darnos cuenta de que Dios está siempre cerca de
nosotros. Dios es nuestro Padre, quien nunca es indiferente antes nuestras
necesidades y quien siempre nos da lo que requerimos. Lamentablemente muchas
veces tenemos que estar hundidos para darnos cuenta de la acción de Dios en
nuestra vida, para darnos cuenta de cuánto amor y misericordia es capaz. De
este modo, el mundo que no conoce a Dios vive como ese hijo que está lejos de
su padre y que no tiene nada para subsistir. Una vida sin Dios es una vida
vacía, es una muerte en vida, es una vida sin alma. En el gesto del padre
podemos ver reflejada su ternura hacia nosotros, su cariño, su delicadeza, su
atención. En el padre podemos ver cómo Él lo da todo a todos sin mezquinar a
nadie. Al mismo tiempo, el hijo mayor es reflejo de algunos que podrían
sentirse muy seguros por vivir prácticas religiosas sin tomar en cuenta la
primacía de Dios. Con esa actitud, no obstante, se corre el peligro de
engendrar una religión a nuestro criterio y a nuestra medida. En efecto, hoy
contemplamos al padre misericordioso que tiene hijos arrepentidos que quieren
cambiar de vida y que quieren dejarse iluminar por su presencia. Dios no hace distinción
entre los hombres, sino que los hombres somos los que establecemos diferencias
desde nuestros egoísmos y nuestras fantasías.
Que este domingo marcado por el júbilo sea también una
oportunidad de sentirnos gozosos por el paso de Dios en nuestra vida. Permitamos
que Él abrace todas aquellas estructuras que deben ser cambiadas y
transformémonos así por la misericordia y el amor de Jesucristo.
Que Dios los bendiga mucho en este domingo. Sigamos con
los cuidados.
P. Martín
https://ec.aciprensa.com/wiki/Domingo_de_Laetare
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