DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO C
Primera lectura: Malaquías 3, 19-20a; Salmo responsorial: 97, 5-6. 7-9a. 9bc (R.: cf. 9); Segunda lectura: 2Tesalonicenses 3, 7-12; Evangelio: Lucas 21, 5-19.
Hoy, al acercarnos al final del año litúrgico, la Iglesia nos invita a contemplar con seriedad y con esperanza el final de la historia y el sentido último de nuestra vida. No es un mensaje de miedo, sino de claridad espiritual. La oración colecta de la Misa ilumina este domingo con una afirmación decisiva: le pedimos a Dios que nos conceda dedicarnos plenamente a su servicio, porque servirlo es encontrar nuestra verdadera y completa felicidad. Servir es dedicarnos a Él, y dedicarnos a Él es descubrir que nada nos llena tanto como pertenecerle.
La primera lectura del profeta Malaquías subraya con fuerza que existen dos maneras de situarse ante Dios: la arrogancia y la fidelidad. Por un lado, están los soberbios y malhechores, aquellos que viven como si Dios fuera prescindible. De ellos dice el Señor que serán como paja arrasada por el fuego, efímeros y sin consistencia. Por otro lado, están los que temen al Señor, que no significa tener miedo, sino vivir reconociendo su grandeza y su presencia. Para ellos, promete Dios un amanecer nuevo: “nacerá un sol de justicia, que traerá la salvación”. Esta imagen resplandece en el corazón de los creyentes: mientras la soberbia se derrumba, la fidelidad hace brillar la vida.
La segunda lectura nos presenta el testimonio concreto de san Pablo, que no se limita a hablar del fin, sino que enseña cómo se debe vivir mientras lo esperamos. Él recuerda a los cristianos que jamás quiso ser carga para nadie, que trabajó con esfuerzo para ser ejemplo, y que ante la actitud de algunos que se volvían ociosos, adormecidos por la idea del fin cercano, pronunció una frase que sigue vigente: “el que no trabaja, que no coma”. Con esta advertencia, san Pablo nos enseña que esperar al Señor no es cruzarse de brazos, sino vivir la fe con responsabilidad, esforzándose cada día, poniendo manos y corazón en el servicio. La esperanza cristiana no elimina el compromiso con la realidad; lo purifica y lo hace más serio.
El Evangelio de Lucas nos conduce directamente al tema del fin de los tiempos. Jesús anuncia que llegará un día en que todo lo que conocemos pasará y señala algunos signos que acompañarán ese momento. En primer lugar, habla de la persecución, incluso desde los propios familiares, recordándonos que la fidelidad a Cristo no siempre será comprendida y que la historia de los creyentes nunca ha sido un camino fácil. También se refiere a fenómenos naturales que estremecerán la tierra y a guerras entre naciones que reflejarán la fractura del corazón humano. Todo esto, dice el Señor, acontecerá, y su lenguaje busca sacudir nuestra falsa seguridad y evitar que vivamos distraídos. El fin es inminente, no en un sentido cronológico que permita calcular fechas, sino en un sentido existencial: la vida es breve y la venida del Señor puede sorprendernos en cualquier momento. Por eso, Jesús añade una frase de una fuerza inmensa: “Con su perseverancia salvarán sus vidas”. No nos pide adivinar cuándo vendrá, sino permanecer firmes, fieles, vigilantes.
A la luz de estas lecturas, la Palabra de Dios nos invita a unir tres actitudes esenciales. La primera es servir al Señor con alegría, porque dedicarnos a Él es fuente de verdadera felicidad. La segunda es vivir con esfuerzo y responsabilidad, siguiendo el ejemplo de san Pablo, sin caer en la pereza espiritual ni en la comodidad que nos vuelve indiferentes. Y la tercera es mantener la vigilancia interior, sin ingenuidad, sin una falsa sensación de seguridad, sabiendo que el Señor vendrá y que su llegada será luz para quienes le han sido fieles. La pregunta que queda en nuestros corazones es simple, pero decisiva: ¿para quién estamos viviendo? Si nuestra vida se orienta a Cristo, entonces el final no será una amenaza, sino el encuentro definitivo con Aquel que nos ama y que nos quiere participar de su felicidad completa y verdadera.
Buen domingo en la presencia del Señor y que estemos preparados para nuestro propio final y para el final de la historia.
P. Martín
P.d. Dejo una reflexión anterior que puede complementar.

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