FIESTA DE LA DEDICACIÓN DE LA BASILICA DE SAN JUAN DE LETRAN
Primera lectura: Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Salmo 45, 2-3. 5-6. 8-9 (R.: 5); Segunda lectura: 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Evangelio: Juan 2, 13-22.
Hoy la Iglesia celebra la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán, la catedral del Papa y madre de todas las iglesias del mundo. Fue consagrada en el siglo IV, cuando el emperador Constantino donó a la Iglesia aquel terreno para construir el primer templo público cristiano de Roma. Desde entonces, esta fiesta no se centra en un edificio concreto, sino en el misterio espiritual que encierra: Dios ha querido habitar en medio de su pueblo, y cada templo levantado en su honor recuerda esa presencia viva y cercana del Señor.
Cada iglesia que se levanta sobre la tierra es un signo visible de lo invisible: un recordatorio de que Dios no está lejos, sino que ha hecho su morada entre nosotros. El templo es lugar de encuentro, de escucha y de adoración. Allí recibimos la Palabra, nos alimentamos con la Eucaristía, y encontramos consuelo en los momentos de prueba. Entrar al templo es entrar en el corazón de Dios, y salir de él es llevar a Dios en el corazón.
La primera lectura del profeta Ezequiel nos presenta la visión del agua que brota del templo y transforma el desierto en vergel. Todo lo que toca esa agua recobra vida. Esa corriente de gracia es figura de Cristo, fuente de agua viva, que desde su costado abierto en la cruz derrama sobre la Iglesia el don del Espíritu. Así, el templo se convierte en signo de vida, en manantial donde el alma sedienta encuentra alivio, fuerza y sentido.
San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda algo fundamental: “Ustedes son templo de Dios, y el Espíritu de Dios habita en ustedes”. Aquí está el corazón de la fiesta. No celebramos solo muros, piedras o columnas, sino que reconocemos que cada cristiano es un templo vivo, consagrado por el bautismo y sostenido por la gracia. Cuidar ese templo interior es una tarea de cada día: conservar la fe, purificar el corazón, mantener limpia la conciencia, vivir en caridad. Si el alma se convierte en casa de Dios, entonces toda la vida se transforma en liturgia, en alabanza y en ofrenda.
El Evangelio nos muestra a Jesús que expulsa a los mercaderes del templo. Con fuerza y autoridad, reclama que la casa de su Padre no sea convertida en un mercado. Este gesto profético de Cristo no es violencia, sino pasión por la santidad. Jesús no soporta que el lugar sagrado se vuelva un espacio de negocio, porque sabe que allí el hombre se encuentra con Dios. Esta escena nos interpela: ¿cómo tratamos nosotros las cosas sagradas? ¿Con respeto, con amor, con gratitud? ¿O con descuido y rutina?
Cuidar el templo no es un lujo ni un derroche: es una expresión de fe y de piedad. Lo hacemos porque allí se celebra el misterio más grande: la presencia real de Cristo. Quien ama a Dios, ama su casa. Quien venera al Señor, cuida el altar, los vasos sagrados, los ornamentos, el silencio y la limpieza del lugar donde Él habita. Lo mismo ocurre con nuestro cuerpo y nuestra alma: también son templos de Dios. No debemos profanarlos con la indiferencia, con el pecado o con el egoísmo. Cuidar el templo material y cuidar el templo personal son dos gestos que nacen del mismo amor.
Por eso, esta fiesta es también una invitación a renovar nuestra reverencia por lo sagrado. En tiempos donde muchas cosas se trivializan, donde se pierde el asombro ante lo divino, necesitamos volver a mirar el templo como espacio de encuentro con lo trascendente. Cada vez que encendemos una vela, cada vez que hacemos una genuflexión, cada vez que guardamos silencio ante el Santísimo, estamos diciendo con nuestras obras: “Señor, Tú habitas aquí, y también en mí”.
Pidamos hoy al Señor que haga de nuestra vida un templo luminoso y limpio, donde Él se sienta a gusto. Que nuestra comunidad parroquial sea también un templo vivo, donde reine la unidad, la oración y la caridad fraterna. Y que al mirar las piedras de nuestras iglesias, recordemos siempre que la piedra viva es Cristo, y que sobre Él se edifica todo lo que somos y celebramos.
Que tenga un buen domingo en la presencia del Señor.
P. Martín

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