CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO - CICLO A
Primera lectura: Isaías 7, 10 - 14; Salmo 23, 1b - 2.3 - 4ab. 5-6; Segunda lectura: Romanos 1, 1 - 7; Evangelio: Mateo 1, 18 - 24.
El cuarto domingo de Adviento nos sitúa ya en el umbral del misterio que celebramos: la Encarnación del Hijo de Dios. La liturgia concentra nuestra atención en el acontecimiento decisivo de la historia de la salvación: Dios no permanece distante, sino que entra en nuestro tiempo, asume nuestra carne y habita entre nosotros. Por eso, la oración colecta de este domingo marca la ruta: pedimos al Padre que, así como hemos conocido el anuncio del ángel sobre la Encarnación de su Hijo, podamos llegar, por su pasión y su cruz, a la gloria de la resurrección. La liturgia une inseparablemente el misterio de la Encarnación con el misterio pascual: el Niño que nace es el mismo que entregará su vida por la salvación del mundo.
La Encarnación no es un simple recuerdo piadoso, sino el corazón de la fe cristiana. En ella se revela un Dios que actúa, que toma la iniciativa, que irrumpe en la historia concreta de los hombres. No es el ser humano quien asciende hacia Dios, sino Dios quien desciende, quien se hace cercano, quien se deja encontrar en la fragilidad de nuestra condición. Celebrar este domingo es aprender a mirar la realidad con ojos nuevos: Dios está presente, Dios está obrando, Dios cumple sus promesas.
La primera lectura y el Evangelio nos presentan la gran señal anunciada por el profeta: «La virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel». Esta señal no se impone por la fuerza, sino que se manifiesta en la humildad. El Emmanuel —Dios con nosotros— no llega con poder exterior, sino en el seno de una mujer, en el silencio obediente de José, en la discreción de una familia sencilla. Aquí se revela el modo de actuar de Dios: fiel a su promesa, respetuoso de la libertad humana, cercano a la historia concreta de su pueblo. José, al acoger el designio divino, se convierte en testigo de una fe que confía incluso cuando no comprende del todo.
La segunda lectura subraya una verdad central de la fe: Jesucristo es descendiente de David según la carne, pero es también Hijo de Dios con poder. En Él se unen la historia humana y la iniciativa divina, la promesa antigua y su cumplimiento definitivo. No se trata de una contradicción, sino del misterio mismo de la Encarnación: verdadero hombre y verdadero Dios. Este equilibrio es fundamental para nuestra fe y para nuestra celebración litúrgica, que no separa nunca lo humano de lo divino.
Finalmente, la oración después de la comunión orienta nuestra actitud interior ante la cercanía de la Navidad. Pedimos celebrar con fervor el misterio del nacimiento del Hijo de Dios. Y este fervor no es agitación ni desorden, no es consumismo ni superficialidad, no es dispersión del corazón. Es un fervor centrado en Cristo, un ardor interior que nace de la fe, que se alimenta en la Eucaristía y que nos dispone a acoger al Señor que viene. La liturgia nos educa así a una espera auténtica, sobria y profundamente cristiana, para que, al llegar la Navidad, podamos reconocer verdaderamente al Emmanuel, Dios con nosotros.
Preparemos bien en estos días para la celebración de la Natividad del Señor.
P. Martín

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