FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA - CICLO A
Primera lectura: Eclesiástico 3, 2 - 6. 12 - 14; Salmo 127, 1bc - 2.3.4-5; Segunda lectura: Colosenses 3, 12 - 21; Evangelio: Mateo 2, 13 - 15. 19 - 23.
A la luz de los textos de la Misa del Domingo de la Sagrada Familia, ciclo A, la liturgia nos invita a mirar el hogar de Nazaret no como una imagen idealizada e inalcanzable, sino como un camino concreto de fe, amor y sacrificio, vivido en medio de las dificultades de la vida cotidiana.
La oración colecta pone desde el inicio el acento en un aspecto fundamental: Dios nos propone a la Sagrada Familia como ejemplo de las virtudes domésticas y de la unión en el amor. No se trata solo de una convivencia ordenada, sino de una comunión profunda que nace del amor verdadero. Hoy constatamos con preocupación que en muchos hogares se ha debilitado la transmisión de las virtudes básicas: el respeto, la paciencia, la responsabilidad, el perdón. A veces hay familias que permanecen unidas solo por obligación, por conveniencia o por miedo a la ruptura, pero no por un amor que edifique y dé vida. La Sagrada Familia nos recuerda que la auténtica unión no se sostiene por la fuerza ni por la costumbre, sino por la caridad que se aprende y se cultiva día a día dentro del hogar.
La segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Colosenses, ofrece una enseñanza especialmente rica sobre la relación entre padres e hijos. El texto destaca, en primer lugar, la actitud del buen hijo, y lo hace de manera muy sugerente: sin decirlo explícitamente, muestra cómo la obediencia y el respeto al padre y a la madre acompañan al hijo en todas las etapas de la vida. En la juventud, el hijo aprende a escuchar, a acoger la corrección y a dejarse guiar; en la madurez y en la ancianidad de los padres, esa obediencia se transforma en cuidado, gratitud y acompañamiento. Ser buen hijo no es algo que se agota en la infancia, sino una vocación que madura con los años y se expresa de distintas maneras según el momento de la vida.
Hacia el final de la lectura, el apóstol traza un verdadero programa de vida familiar cristiana. Las esposas son invitadas a vivir una relación de respeto y colaboración; los esposos, a amar a sus esposas y a no ser ásperos con ellas; los padres, a no exasperar a los hijos para no desanimarlos. Estas exhortaciones siguen siendo de una actualidad impresionante. San Pablo no propone relaciones de dominio ni de imposición, sino vínculos marcados por el amor, la comprensión y el equilibrio, donde cada miembro de la familia es reconocido en su dignidad.
El Evangelio nos conduce al corazón de la vida familiar de Jesús, María y José, y nos muestra, de manera particular, la figura de san José como hombre obediente y responsable. El ángel le habla en sueños y le va indicando los pasos que debe dar para proteger a su familia: huir a Egipto para salvar la vida del Niño, regresar cuando pasa el peligro, y finalmente establecerse en Nazaret. José no entiende todo, pero confía y actúa. En contraste con esta actitud, hoy constatamos que no son pocos los que abandonan o descuidan la responsabilidad del cuidado familiar. El Evangelio nos recuerda que amar a la familia implica tomar decisiones difíciles, asumir riesgos y sacrificarse por el bien de los demás.
Finalmente, la liturgia de este domingo nos ayuda a reconocer que la vida familiar no es fácil. Requiere renuncias, paciencia, diálogo y entrega constante. Sin embargo, cuando se vive desde la fe y el amor, como en la Sagrada Familia, se convierte en un verdadero camino de santidad, donde Dios sigue manifestándose en lo sencillo y cotidiano.
Buen domingo en la presencia de Dios.
P. Martín

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