II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A
Primera lectura: Isaías 49, 3. 5 - 6; Salmo 39,2. 4ab. 7-8a. 8b-9.10; Segunda lectura: 1 Corintios, 1, 1 - 3; Evangelio: Juan 1, 29 - 34.
La liturgia de este segundo domingo del Tiempo Ordinario nos sitúa, desde la oración colecta, en una confesión de fe fundamental: Dios gobierna a un tiempo el cielo y la tierra. No hay ámbito de la realidad que quede fuera de su señorío. La historia, la creación, la Iglesia y nuestra vida personal están bajo su gobierno amoroso. Y, precisamente dentro de ese reconocimiento, la Iglesia eleva una súplica doble y profundamente humana: que Dios escuche compasivamente la oración de su pueblo y que conceda la paz a nuestros días. No pedimos desde el miedo, sino desde la confianza; no reclamamos control, sino escucha; no exigimos éxito, sino paz, esa paz que solo Dios puede dar y que ordena el corazón y la convivencia.
La primera lectura, tomada del Libro de Isaías, nos introduce en el segundo canto del Siervo del Señor. El Siervo es identificado, en primer lugar, con el pueblo de Israel, que vive el drama del exilio en Babilonia: ha perdido la tierra, el templo y el rey; ha perdido, en apariencia, los signos visibles de la promesa. Sin embargo, Dios no ha retirado su elección. Israel sigue siendo Siervo, no por su fuerza, sino por la fidelidad de Dios. Y la misión que se le confía desborda toda frontera: “te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”. La salvación no queda encerrada en un pueblo ni en una historia particular; se universaliza, se abre a toda la humanidad. Desde la herida del exilio, Dios anuncia una esperanza que abraza al mundo entero.
La segunda lectura, de la Primera Carta a los Corintios, nos sitúa en la ciudad de Corinto, una urbe cosmopolita, plural y compleja. Ya en el cristianismo primitivo aparecen divisiones, tensiones y rivalidades. Pero san Pablo comienza recordando algo esencial: la comunidad ha sido santificada en Cristo Jesús. Antes de cualquier corrección, está la identidad. Los cristianos son llamados “santos”, la primera denominación de los discípulos de Cristo, incluso antes de ser llamados “cristianos”. No se trata de una perfección moral ya alcanzada, sino de una vocación: estar consagrados a Dios y vivir conforme a esa llamada. La santidad no es privilegio de unos pocos, sino el camino ordinario de la vida cristiana.
El evangelio, tomado del Evangelio según san Juan (Jn 1,29-34), nos presenta a Juan el Bautista que señala y da testimonio. Él no se pone en el centro: muestra a otro. Todos estamos llamados a ese mismo movimiento espiritual: encontrarnos con Cristo y dar testimonio de Él. Jesús es presentado como el Cordero de Dios, en continuidad y a la vez superación del Siervo de Isaías. Si Israel es el siervo llamado desde el vientre materno, Cristo existe antes de todo, precede a la historia y la sostiene. Y, finalmente, este evangelio nos recuerda que Cristo se manifiesta continuamente. Por eso la importancia de la liturgia: en cada acción litúrgica —no solo en la Eucaristía, sino también en los sacramentos y en la oración de la Iglesia— Cristo se hace presente, se deja encontrar y sigue revelándose como el Cordero que quita el pecado del mundo.
Así, este domingo nos invita a vivir confiados en el Dios que gobierna todo, a acoger su salvación universal, a caminar en santidad y a ser testigos de Cristo vivo que se manifiesta en medio de su Iglesia.
Buen domingo en la presencia del Señor.
P. Martín

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