V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A
Primera lectura: Isaías 58, 7-10; Salmo 111, 4-5. 6-7. 8a y 9 (R.: 4a); Segunda lectura: 1 Corintios 2, 1-5; Evangelio: Mateo 5, 13-16.
En este quinto domingo del tiempo ordinario, la liturgia nos conduce con mucha claridad a una experiencia central de la fe cristiana: vivimos sostenidos por la gracia de Dios, una gracia que protege, fortalece y, al mismo tiempo, nos impulsa a ser luz para los demás a través de obras concretas.
La oración colecta nos sitúa desde el inicio en esta clave de confianza cuando pedimos:
«Protege, Señor, con amor continuo a tu familia, para que, al apoyarse en la sola esperanza de tu gracia celestial, se sienta siempre fortalecida con tu protección».
No es una simple invocación piadosa. Es una profesión de fe. Reconocemos que somos familia de Dios y que nuestra seguridad no está en nuestras fuerzas, ni en estrategias humanas, sino en la esperanza que brota de su gracia. Esa gracia no solo nos cuida, sino que nos fortalece interiormente, nos da firmeza para caminar y perseverar incluso en medio de las dificultades. El cristiano vive protegido, no porque esté libre de problemas, sino porque sabe en quién ha puesto su confianza.
Esta gracia que protege y fortalece no se queda en un plano interior o espiritualista. Se traduce necesariamente en una forma concreta de vivir. Así lo expresa con mucha fuerza la primera lectura del profeta Isaías (58,7-10). El profeta no se detiene en actos de culto aislados de la vida, sino que pone el acento en las obras de misericordia: compartir el pan con el hambriento, acoger al pobre, vestir al desnudo, no desentenderse del hermano. Y entonces aparece una promesa que llena de esperanza: cuando se vive así, la luz comienza a brillar en medio de las tinieblas. Las buenas obras no son un adorno de la fe ni una obligación externa; son el lugar donde se experimenta la cercanía de Dios y donde su bendición se hace visible. Quien vive para el bien del otro se convierte, casi sin notarlo, en reflejo de la luz de Dios.
En la segunda lectura, san Pablo nos ayuda a comprender de dónde nace esa fuerza transformadora. Él afirma con claridad que no se apoya en la sabiduría de los hombres ni en discursos brillantes. Su confianza está puesta en el poder de Dios. Aquí se percibe una profunda conexión con la oración colecta: es la gracia la que sostiene, la que da firmeza y la que hace fecundo el anuncio. Pablo proclama a Jesucristo crucificado, un Mesías que se manifiesta desde la entrega y la debilidad, no desde el prestigio o el éxito humano. Cuando la fe se apoya en la gracia, y no en el propio mérito, se vuelve auténtica y creíble.
El Evangelio refuerza este mensaje con imágenes muy cercanas a la vida cotidiana de la época de Jesús. Él habla de la sal y de la luz. La sal que se usaba entonces no siempre era pura como la nuestra; muchas veces era una sal sosa, mezclada con otros elementos, que podía perder fácilmente su sabor. Y, sin embargo, incluso esa sal servía para algo. Con esta imagen, Jesús nos recuerda que hasta lo que parece pequeño o poco útil puede ser instrumento en las manos de Dios. Nadie es insignificante cuando se deja usar por Él.
Lo mismo sucede con la imagen de la luz. Jesús menciona el celemín, que era un recipiente para medir el grano, y el candelero, el soporte donde se colocaba la lámpara para iluminar toda la casa. Nadie enciende una luz para esconderla. La luz existe para alumbrar, para orientar, para permitir ver el camino. Así también la vida del creyente: no está llamada a ocultarse, sino a iluminar con sencillez.
El Evangelio concluye invitándonos a que nuestra luz brille delante de los hombres. Aquí se encuentra una clara resonancia con la primera lectura de Isaías. Las buenas obras iluminan, evangelizan y muestran al Dios que conocemos y en quien creemos. No se trata de buscar reconocimiento ni aplausos, sino de permitir que, a través de gestos concretos de caridad, otros puedan descubrir la presencia viva de Dios.
Este domingo nos recuerda que una fe sostenida por la gracia, protegida por el amor de Dios y vivida en obras concretas, se convierte en luz en medio de las tinieblas. Y esa luz no habla de nosotros, sino del Dios que nos cuida, nos fortalece y nos envía al encuentro de los demás.
Vivan este domingo en la presencia del Señor.
P. Martín
P.d. Les comparto una reflexión anterior que puede ayudar:
https://pmartinreflexiones.blogspot.com/2023/02/quinto-domingo-del-tiempo-ordinario.html?m=1

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