VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A
Primera lectura: Eclesiástico 15, 16-21; Salmo 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34 (R.: 1b); Segunda lectura: 1Corintios 2, 6-10; Evangelio: Mateo 5, 17-37.
En este domingo el tema central podría formularse así: vivir recta y sencillamente de corazón para que Dios habite en nosotros y nos comunique su sabiduría y su vida eterna.
La oración colecta apunta directo al corazón. No es un pedido genérico, es una súplica concreta: que vivamos de tal manera que Dios se digne habitar en nosotros. Y esto se entiende inmediatamente por lo que se dice antes: Dios promete permanecer en los rectos y sencillos de corazón. Es decir, no se trata solo de “portarnos bien”, sino de tener un corazón sin doblez, sin máscara, sin segundas intenciones; un corazón humilde, transparente, capaz de dejarse mirar por Dios. Por eso, cuando pedimos que Él habite en nosotros, en realidad estamos pidiendo la gracia de ser “casa” digna: rectitud y sencillez que no nacen de puro esfuerzo humano, sino del don de Dios.
En esa misma línea, la primera lectura del Eclesiástico nos pone delante el misterio de la libertad. Me impresiona cómo comienza: «Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad». Dios no nos obliga; nos deja espacio, nos toma en serio. Y al final lo recalca con fuerza: «A nadie obligó a ser impío y a nadie dio permiso para pecar». Queda planteado, entonces, el drama y la grandeza del ser humano: podemos escoger el bien o el mal. Nadie puede decidir por mí. La rectitud del corazón no es automática, se elige; y la sencillez no es ingenuidad, es fidelidad.
Luego, la segunda lectura abre otro horizonte: la sabiduría verdadera no es la de los hombres, sino una sabiduría que viene de Dios. Y aquí se conecta perfectamente con la colecta: uno alcanza esa sabiduría en la medida en que está unido a Dios, en la medida en que Dios habita en el corazón. En otras palabras: la vida recta y sencilla no solo “evita pecados”, sino que dispone el alma para recibir la luz de Dios. Sin esa comunión, uno puede acumular ideas; con esa comunión, uno recibe sabiduría.
El Evangelio remata mostrando que Jesús no vino a cambiar la Ley, sino a llevarla a su plenitud. Y ahí hay que ser finos: no basta “no matar”; el insulto, la descalificación del hermano, la palabra que hiere, ya envenena el corazón. No basta evitar el adulterio externo; también la mirada cargada de deseo desordenado puede ser infidelidad interior, y esto vale para el hombre y para la mujer. Y cuando toca el tema del juramento, el Señor nos educa en una verdad tan limpia que no necesite jurar: que nuestro “sí” sea sí y nuestro “no” sea no.
Finalmente, la oración después de la comunión lo corona todo: pedimos a Dios que nos conceda siempre aquello que nos asegura la vida eterna. Y eso, en el fondo, es lo mismo que venimos pidiendo desde el inicio: su presencia, su gracia, su sabiduría, su vida en nosotros.
Que tengan un buen domingo en la presencia del Señor.
P. Martín
P.d. Les comparto una reflexión anterior que puede ayudar.

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