NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO - CICLO C
Primera lectura: 2 Samuel 5, 1-3; Salmo 121, 1-2. 4-5 (R.: cf. 1); Segunda lectura: Colosenses 1, 12-20; Evangelio: Lucas 23, 35-43.

La solemnidad de Cristo Rey nos coloca, al filo del año litúrgico, ante la verdad que da sentido a toda la historia: Jesucristo es el centro, la meta y la plenitud de todas las cosas. La oración colecta nos hace contemplar esta realidad cuando proclama que Dios Padre “quiso recapitular todas las cosas en su Hijo muy amado, Rey del Universo”. No es una frase poética; es un misterio decisivo. Todo —la creación, la historia, la vida de cada ser humano— encuentra su orden definitivo sólo en Cristo. Por eso la segunda lectura afirma con solemnidad: “Todo fue creado por Él y para Él”. No somos fruto del azar; pertenecemos a un Reino cuyo Rey nos ama y nos ha comprado con su sangre.
Este Rey, sin embargo, no reina según la lógica del mundo. La primera lectura del segundo libro de Samuel nos presenta la figura de David, el ungido de Dios, como un “rey pastor”. Esa imagen es profundamente cristológica. David no gobierna desde un trono inaccesible; no se encierra en palacios ni se separa de la vida real de su gente. Es un rey cercano, que conoce a su pueblo, lo protege, lo reúne y lo guía. En David, la Palabra nos hace entrever el estilo del verdadero Rey: Jesucristo, el Buen Pastor. Su realeza no se apoya en ejércitos, sino en la mansedumbre del que da la vida por sus ovejas.
La segunda lectura nos habla del “Reino del Hijo de su Amor”. Esta expresión tan hermosa revela un reinado peculiar: es un reino de amor, un reino destinado a reconciliar, sanar y dar vida. Y este reino ya tiene una concreción visible: la Iglesia, de la cual Cristo es Cabeza. Él es cabeza de la Iglesia peregrinante en este mundo, que lucha y camina; cabeza de la Iglesia purgante, que se purifica en la esperanza; y cabeza de la Iglesia triunfante, que ya participa de su gloria. Todo lo que la Iglesia es, lo es porque Cristo, su Rey, la sostiene, la guía y la vivifica desde dentro.
El Evangelio nos muestra el contraste entre el verdadero reinado de Cristo y la lógica del mundo. En la cruz, aparece el título: “Este es el Rey de los judíos”. Ellos se burlan de Él porque no comprenden la naturaleza de su realeza. Esperaban un rey político; reciben a un Rey que salva desde la entrega total. Sin embargo, allí, precisamente en la cruz, Cristo inaugura el Reino del nuevo pueblo de Dios. Es un reino que no se puede reducir a categorías humanas. Jesús mismo lo había dicho en otra ocasión: “Mi Reino no es de este mundo”. No significa que su Reino sea irreal o lejano; significa que su autoridad no nace de la dominación, sino del amor que se ofrece hasta el extremo.
Ante este Rey crucificado y glorificado, nosotros somos invitados a tomar postura. O seguimos la lógica del poder del mundo, o entramos en la lógica del Reino del Hijo del Amor. Un Reino que no humilla, sino que levanta; que no oprime, sino que libera; que no se impone, sino que atrae con la fuerza de la verdad y de la misericordia.
Celebrar a Cristo Rey es renovar nuestra adhesión a Él, reconocerlo como centro de nuestra vida, como sentido de nuestra historia y como meta de nuestro caminar. Es decirle con humildad y convicción: “Señor, que Tú reines en mi mente, en mi corazón, en mis decisiones, en mi familia, en mi parroquia, en mi ministerio. Que reines en todo lo que soy y en todo lo que hago”.
Buen domingo en la presencia del Señor.
P. Martín.
P.d. Comparto una reflexión anterior que puede complementar.
https://pmartinreflexiones.blogspot.com/2022/11/solemnidad-de-jesucristo-rey-del.html?m=1
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