II DOMINGO DE CUARESMA - CICLO A

Primera lectura: Génesis 12, 1-4a; Salmo 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 (R.: 22); Segunda lectura: 2 Timoteo 1, 8b-10; Evangelio: Mateo 17, 1-9.



Nos encontramos en el segundo domingo de Cuaresma del ciclo A, un tiempo profundamente pedagógico en la vida espiritual, donde la Iglesia nos conduce de la mano hacia el misterio pascual. Las lecturas de hoy nos sitúan en una dinámica muy clara: escuchar, obedecer y contemplar la gloria de Dios.

La oración colecta ya nos da la clave espiritual de este domingo. En ella se manifiesta que escuchar al Hijo no es solo un acto exterior, sino un verdadero alimento interior. Escuchar su Palabra purifica el corazón y, al mismo tiempo, limpia nuestra mirada para poder contemplar su gloria. No se trata solo de oír, sino de dejarnos transformar por la Palabra, de tal modo que nuestra vida se vaya configurando con Cristo. La escucha auténtica siempre conduce a la contemplación.

En la primera lectura se nos presenta la figura de Abraham, paradigma de la obediencia. Dios le dice: «Sal de tu tierra», y Abraham obedece. No cuestiona, no calcula, no posterga. Su obediencia abre el espacio para que Dios realice grandes cosas en su vida. La desobediencia cierra el horizonte de la gracia; la obediencia, en cambio, lo ensancha. Abraham no ve todo el camino, pero confía. Y esa confianza obediente se convierte en bendición.

La segunda lectura, por su parte, nos introduce en una dimensión más profunda del seguimiento cristiano. El apóstol exhorta a «tomar parte en los padecimientos por el Evangelio». Esto es muy propio del itinerario cuaresmal. No podemos aspirar a la gloria sin pasar por la cruz. Si aceptamos, con fe, participar en los sufrimientos de Cristo, entonces se nos manifestará también su gloria. La cruz no es el final, sino el camino hacia la vida plena.

Finalmente, el evangelio de la Transfiguración nos revela el sentido de todo el itinerario cuaresmal. El Padre pronuncia una palabra decisiva: «Este es mi Hijo amado… escuchenlo». No dice simplemente oírlo, sino escucharlo, es decir, acoger su Palabra, obedecerla y dejar que transforme la vida. La gloria que los discípulos contemplan en el Tabor es un adelanto de la Pascua, pero solo la perciben aquellos que suben con Él y permanecen atentos a su voz.

Así, la Cuaresma se nos presenta como un tiempo privilegiado para afianzar nuestra obediencia a la Palabra de Dios. Escuchar al Hijo, poner en práctica su enseñanza y no huir del misterio doloroso al que nos vamos acercando. Porque quien escucha verdaderamente al Señor, aunque atraviese la cruz, termina contemplando su gloria. Y esa es la esperanza que sostiene nuestro camino cuaresmal.

Buen domingo en la presencia del Señor.

P. Martín 

Les comparto otra reflexión anterior que puede ayudar:

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