DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR - CICLO A

Bendición de Ramos: Mateo 21, 1-11; Primera lectura: Isaías 50, 4-7; Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 (R.: 2a); Segunda lectura: Filipenses 2, 6-11; Evangelio: Mateo 26, 14—27, 66.



«En este día la Iglesia recuerda la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su Misterio pascual.»

Con esta frase del Misal Romano comenzamos una de las celebraciones más intensas de todo el año litúrgico. Este día tiene dos polos que no podemos separar. Por un lado, el recuerdo de la entrada triunfal del Señor en Jerusalén, recogido de la antigua tradición de Jerusalén, donde el pueblo sale a su encuentro con ramos, con alegría y con entusiasmo. Por otro lado, la Misa que nos introduce inmediatamente en el tono de la Pasión, propio de la tradición romana, siendo este el único domingo del año en que se proclama la Pasión del Señor. Así, la liturgia nos hace pasar de la aclamación a la cruz, de la gloria al sufrimiento, para mostrarnos que en Cristo ambas realidades están profundamente unidas.

Jesús es recibido por la multitud que grita: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!». También nosotros, en distintos momentos de nuestra vida, hemos experimentado ese entusiasmo por las cosas de Dios. Hay días en los que la fe nos conmueve, nos llena de alegría, nos impulsa a acercarnos más al Señor. Y ese entusiasmo es valioso, pero no es suficiente. Hoy el Señor no quiere solo nuestras aclamaciones, quiere nuestro corazón. No estamos aquí para una representación externa, sino para una verdadera experiencia de encuentro con Él. Hoy es el día para dejar que Cristo entre en nuestra vida, en lo más concreto de lo que somos y vivimos.

Pero la liturgia también nos confronta con una verdad que no podemos esquivar: nosotros también estamos en la Pasión. No solo somos la multitud que aclama; muchas veces hemos sido también aquellos que han hecho sufrir al Señor. Lo hemos traicionado como Pedro, lo hemos negado ante los demás por miedo o vergüenza. Nos hemos burlado de Él cuando hemos caído una y otra vez en el pecado. Hemos gritado «¡crucifícalo!» cuando hemos llevado una vida contraria a su voluntad. Y también lo hemos golpeado, lo hemos herido, cada vez que nuestras acciones han destruido el bien, la verdad y la conducta recta que Él espera de nosotros. Con nuestros pecados y desobediencias seguimos llevando al Señor a la cruz.

Sin embargo, en medio de nuestra fragilidad, aunque no lo escuchamos hoy, resuena la voz de Cristo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». El Señor nos mira con paciencia infinita, reconociendo que muchas veces actuamos por ignorancia, por descuido o por negligencia. Y desde la cruz nos mira con misericordia y con amor.

Por eso, hermanos, dejémonos tocar por ese amor en estos días. No dejemos solo a quien nos ama infinitamente y está entregando su vida por cada uno de nosotros. Que esta Semana Santa no sea un tiempo para distraernos en otras cosas, sino para estar con Jesús. Aprovechemos estos días, incluso en medio de nuestras ocupaciones, para volver la mirada a Él. Entremos con Cristo en el Misterio Pascual, acompañémoslo en su camino y dejemos que su amor transforme nuestra vida.

Y junto a Él está su Madre. María permanece firme al pie de la cruz, en silencio, sin huir, sin desesperar, sosteniendo con fe lo que humanamente parece incomprensible. No grita, no reprocha, no abandona: ama y permanece. Ella nos enseña la actitud del verdadero discípulo en la hora de la prueba: estar con Jesús, incluso cuando todo parece oscuro. Aprendamos de María a acompañar al Señor en su Pasión, a no dejarlo solo, a permanecer fieles en el dolor y en la cruz, confiando en que el amor de Dios es más fuerte que todo sufrimiento.

Buen domingo en la presencia del Señor y buen inicio de la Semana Santa. ¡No dejes solo a Jesús!

P. Martín 

P.d. Dejo una reflexión anterior que podría ayudar:

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