III DOMINGO DE CUARESMA - CICLO A

Primera lectura: Éxodo 17, 3-7; Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9 (R.: 8); Segunda lectura: Romanos 5, 1-2. 5-8; Evangelio: Juan 4, 5-42.


Estamos en el tercer domingo de Cuaresma y hoy aparece en la liturgia un elemento particularmente protagónico: el agua. No es un detalle casual. La Iglesia, en su pedagogía litúrgica, nos hace recorrer en estos domingos finales de la Cuaresma un itinerario de preparación para los catecúmenos que recibirán los sacramentos de la iniciación cristiana en la noche santa de la Pascua. Por eso, el agua que hoy aparece en la liturgia nos recuerda dos realidades muy profundas: por un lado, el Bautismo que recibirán los catecúmenos, y por otro lado el don de la gracia, que también tiene que ver con cada uno de nosotros que ya hemos sido bautizados.

La oración colecta de la misa nos recuerda, además, aquellos tres medios que sirven como remedio para nuestros pecados. En primer lugar, el ayuno. Y el ayuno tiene que ser realmente eso: un dejar de comer. Pero junto a él se anexa también la abstinencia, es decir, una renuncia voluntaria a ciertos placeres, incluso legítimos, para poder unirnos a los sufrimientos del Señor y, al mismo tiempo, irnos liberando de aquellas cosas que muchas veces nos van atando demasiado a la tierra.

En segundo lugar, se nos recuerda la oración, que debe incrementarse en este tiempo. No se trata simplemente de cumplir algunos momentos puntuales de oración. La meta debería ser llegar a una vida de oración, es decir, a vivir con una conciencia constante de la presencia de Dios en nuestra vida.

Y en tercer lugar aparece la limosna, a la cual se une también el desprendimiento. Se trata de vencer nuestro egoísmo y nuestra indiferencia frente a los demás. Uno no ayuda solo para quedar bien o para mantener una buena imagen. El cristiano ayuda porque sabe compartir lo que tiene, porque reconoce en el otro a un hermano.

La primera lectura nos presenta la disconformidad del pueblo de Israel con Moisés en el desierto. El pueblo tiene sed y comienza a murmurar. Sin embargo, Dios mismo da la solución: de la roca brota el agua en Masá y Meribá. Ese acontecimiento no es simplemente un hecho histórico. Es también una figura del agua viva de la que se nos hablará en el Evangelio.

La segunda lectura nos recuerda una verdad muy profunda: que Cristo murió por los impíos, es decir, por los pecadores. Para muchos podría parecer lógico que alguien estuviera dispuesto a morir por una persona buena o por alguien a quien aprecia profundamente. Pero san Pablo nos recuerda algo mucho más grande: Dios nos demostró su amor en que, «siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros».

Finalmente, el Evangelio nos presenta el conocido diálogo de Jesús con la mujer samaritana. El Señor le ofrece esa agua que da la vida eterna y que sacia toda sed. Y aquí aparece una verdad muy profunda sobre el ser humano: el ser humano tiene sed de Dios. El corazón humano necesita de Él. Por eso incluso las generaciones más jóvenes buscan muchas veces experiencias espirituales distintas de lo que el mundo puede ofrecerles. El hombre es un ser que necesita llenar su espíritu.

Cristo se presenta precisamente como esa agua viva que sacia la sed del corazón humano. Y es interesante que el Señor se quiera dar como agua viva, es decir, como un don gratuito de la gracia que Dios concede a quien tiene la disposición de recibirlo.

Más adelante, en el mismo Evangelio, el Señor dirá también: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió». Y esto tiene también una enseñanza para nosotros. Así como escuchar la palabra de Dios alimenta nuestro espíritu, cumplir la voluntad de Dios alimenta lo más profundo de nuestro ser, porque el alma es precisamente la morada de Dios dentro de nosotros.

Pidamos entonces al Señor, en este tiempo de Cuaresma, la gracia de liberarnos de aquello que nos separa de su voluntad, de tener libertad frente a las propuestas del mundo que no siempre son las más sanas, y también la fuerza para recorrer con fidelidad este camino cuaresmal, de modo que podamos resucitar con Cristo en la noche santa de la Pascua.

Buen domingo en la presencia del Señor. 

P. Martín 

P.d. le dejo una reflexión anterior que puede ayudar. 

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