V DOMINGO DE CUARESMA - CICLOA
Primera lectura: Ezequiel 37, 12-14; Salmo 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8; Segunda lectura: Romanos 8, 8-11; Evangelio: Juan 11, 1-45
San Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece una clave decisiva: «los que viven según la carne no pueden agradar a Dios… pero ustedes no estan en la carne, sino en el espíritu». Aquí no se trata de una oposición superficial entre cuerpo y alma, sino de dos modos de vivir. Vivir “según la carne” es vivir encerrados en nosotros mismos, en la lógica del mundo, en lo inmediato, en lo que pasa. Vivir “según el Espíritu” es dejar que Dios habite en nosotros, es abrirnos a una vida que no termina en la muerte, es entrar ya, desde ahora, en la dinámica de la resurrección.
Y aquí aparece con toda su fuerza el Evangelio de hoy: la resurrección de Lázaro. No es simplemente un milagro más. Es un signo. Es un anticipo. Es una profecía viva de lo que acontecerá en Jerusalén pocos días después. Lázaro vuelve a esta vida; Cristo resucitará para no morir jamás. Por eso, este episodio es como una puerta que se abre: nos permite ver hacia dónde conduce este camino cuaresmal.
Pero hay algo más profundo aún. Jesús no solo devuelve la vida a Lázaro; antes, llora. Se conmueve. Se acerca. «Yo soy la resurrección y la vida», dice. No ofrece una idea, ofrece su persona. La vida cristiana no es una doctrina abstracta: es una relación con Cristo, que vence la muerte.
Hermanos, estamos caminando hacia la Semana Santa. Y aquí se vuelve actual la palabra de San Pablo. Los que viven “según la carne” no entenderán estos días. Serán, para ellos, simplemente feriados, ocasiones para hacer mil cosas… menos lo esencial: estar con el Señor. No comprenderán el silencio del Jueves Santo, ni la gravedad del Viernes, ni la espera del Sábado. Todo les parecerá ajeno, incluso innecesario.
En cambio, los que viven “según el Espíritu” perciben algo distinto. Descubren un sentido sobrenatural. Saben que estos días no son uno más, sino el corazón del año litúrgico, el centro de nuestra fe. Y por eso sienten el deseo de acompañar al Señor: en su oración, en su entrega, en su pasión. No como espectadores, sino como discípulos.
«Desatenlo y déjenlo andar», dice Jesús al final del Evangelio. También nosotros necesitamos ser desatados: de nuestras ataduras, de nuestras comodidades, de esa vida “según la carne” que tantas veces nos paraliza. La Cuaresma es precisamente ese tiempo de liberación interior.
Pidamos al Señor la gracia de vivir estos días con profundidad. Que no pasen por nuestra vida sin dejarnos huella. Que, caminando con Cristo hacia Jerusalén, aprendamos también nosotros a amar como Él amó: hasta el extremo. Porque solo así, participando de su cruz, podremos participar también de su resurrección.
Que tengan un buen domingo en la presencia del Señor.
P. Martín

Comentarios
Publicar un comentario