TERCER DOMINGO DE PASCUA - CICLO A
Primera lectura: Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Salmo 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10. 11 (R.: 11a); Segunda lectura: 1 Pedro 1, 17-21; Evangelio: Lucas 24, 13-35.
En este tercer domingo del Tiempo Pascual, la liturgia nos introduce en una «teología del tiempo como historia de salvación», cuyo centro es la Resurrección de Cristo. No se trata simplemente de una sucesión cronológica de acontecimientos, sino de un tiempo que ha sido transformado desde dentro por el misterio pascual. La resurrección no solo acontece en el tiempo, sino que lo llena de sentido, lo orienta y lo conduce hacia su plenitud.
En la primera lectura, el kerigma de Pedro presenta con claridad cómo la resurrección de Cristo reorganiza el tiempo de la promesa. El pasado de Israel, contenido en las Escrituras y en las expectativas mesiánicas, no queda como un recuerdo superado, sino que alcanza su cumplimiento en el acontecimiento pascual. Las palabras de los profetas, las figuras y los salmos encuentran en Cristo su sentido pleno. De este modo, el tiempo antiguo no es abolido, sino llevado a su plenitud: la resurrección se convierte en el punto de convergencia donde toda la historia de la salvación se cumple y se revela.
La segunda lectura permite ampliar aún más esta perspectiva, al presentar una visión del tiempo que abarca la totalidad del designio divino. Cristo es «predestinado antes de la creación del mundo», lo que sitúa el origen de la salvación en la eternidad misma de Dios; es «manifestado en los últimos tiempos», introduciendo este designio eterno en la historia concreta; y, finalmente, el creyente es llamado a vivir «como peregrino» en este mundo. Así, se delinean tres dimensiones fundamentales: la eternidad, la historia y la peregrinación. Estas no están separadas, sino profundamente unidas en Cristo, de modo que el tiempo cristiano se comprende como participación en un designio que tiene su origen en Dios, se revela en la historia y se vive existencialmente en el camino de la fe.
El Evangelio de los discípulos de Emaús nos muestra la dimensión existencial de esta teología del tiempo. Los discípulos caminan cargando un pasado que no comprenden, marcado por la decepción y la cruz. Sin embargo, el Resucitado se hace presente en su camino, interpreta las Escrituras y transforma su comprensión del tiempo. El pasado es iluminado, el presente se convierte en lugar de encuentro y el futuro se abre como misión. El tiempo del creyente deja de ser fragmentado y se convierte en una historia unificada por la presencia de Cristo.
Finalmente, la oración colecta recoge esta dinámica al pedir que el pueblo de Dios, renovado por la Pascua, viva en la alegría. Esto manifiesta que la resurrección no pertenece solo al pasado, sino que actúa en el presente, renovando continuamente la vida del creyente y proyectándolo hacia la plenitud futura.
En síntesis, la resurrección de Cristo no solo ocurre en el tiempo, sino que «da forma al tiempo mismo»: cumple las promesas del pasado, ilumina el presente del creyente y abre el futuro a la esperanza definitiva. Así, el tiempo se convierte verdaderamente en historia de salvación.
Buen Domingo de Pascua en la presencia del Señor.
P. Martín
P.d. Dejo una reflexión anterior que puede ayudar.

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