QUINTO DOMINGO DE PASCUA - CICLO A

Primera lectura: Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Salmo 32, 1-2. 4-5. 18-19 (R.: 22); Segunda lectura: 1 San Pedro 2, 4-9; Evangelio: Juan 14, 1-12.



En este tiempo pascual, la liturgia nos va conduciendo progresivamente hacia el misterio de la Ascensión del Señor y la venida del Espíritu Santo. Hemos avanzado ya buena parte de este camino, y el Evangelio nos sitúa en un momento particularmente significativo: Jesús comienza a revelar con mayor claridad su identidad y su misión. Si el domingo pasado se nos presentaba como «la puerta» y «el buen pastor», hoy el Señor da un paso más y afirma con solemnidad: «Yo soy el camino».

Esta afirmación tiene una riqueza inmensa que podemos comprender en un doble sentido. En primer lugar, Jesús es el camino que hay que seguir. A lo largo de la Sagrada Escritura encontramos mandamientos, preceptos e indicaciones que orientan nuestra vida. No se trata de normas vacías, sino de una senda concreta que conduce a la vida verdadera. Seguir a Cristo implica tomar decisiones, asumir criterios, renunciar a aquello que nos aparta de Dios.

Pero hay un segundo sentido, inseparable del primero: reconocer a Jesús como el camino significa también configurarse con Él. No basta con «andar por donde Él pasó»; es necesario «hacerse como Él». El discípulo no solo imita externamente, sino que se deja transformar interiormente por el Señor. Solo quien recorre este camino y se identifica con Cristo podrá alcanzar la meta que se nos promete: la comunión plena con Dios en el cielo.

Esta enseñanza se ilumina profundamente con la segunda lectura de la primera carta de San Pedro. Allí se nos recuerda que somos «piedras vivas» que formamos parte de un edificio espiritual. La imagen es muy elocuente: una piedra defectuosa debilita la estructura, mientras que una piedra firme y bien asentada fortalece todo el conjunto. Así también sucede en la Iglesia. Cada uno de nosotros, en la medida en que vive unido a Cristo, contribuye a la solidez del cuerpo eclesial.

Por eso el apóstol afirma con fuerza: «Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios». Estas palabras no son un simple título honorífico; son una exigencia de vida. No podemos vivir de cualquier manera, ni dejarnos llevar por criterios mundanos. Hemos sido llamados a una vida nueva, y precisamente eso pedimos en la oración después de la comunión: pasar del antiguo pecado a la vida nueva en Cristo.

En este contexto se comprende también la enseñanza de la primera lectura, con la institución de los primeros diáconos. Los apóstoles reconocen que no pueden abarcarlo todo y que su misión principal es «la oración y el ministerio de la Palabra». Esto nos enseña que en la Iglesia hay diversidad de servicios y responsabilidades. Cada uno está llamado a descubrir su carisma, su talento, aquello que puede ofrecer para el bien común. Cuando cada miembro cumple su función, la Iglesia crece en armonía y en fidelidad al querer de Dios.

Finalmente, la liturgia de hoy nos invita a mirar hacia adelante. Nos acercamos a la Ascensión, y con ella se intensifica nuestra espera del Espíritu Santo. No es una ausencia lo que celebramos, sino una presencia nueva y más profunda. Conviene, como dice el mismo Señor, que Él ascienda al cielo para enviarnos al «Defensor». Por eso, en estas semanas, debemos intensificar nuestra súplica confiada: que el Espíritu Santo renueve nuestra vida, fortalezca nuestra fe y nos haga verdaderos discípulos en el camino de Cristo.

Como dice la oración colecta de hoy, que el Señor lleve a plenitud en nosotros el misterio pascual, y que los frutos se hagan visibles en nuestra vida concreta: en la caridad, en el servicio y en la disponibilidad para cumplir siempre la voluntad de Dios.

Buen Domingo en la presencia del Señor.

P. Martín 

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