SEXTO DOMINGO DE PASCUA - CICLO A

Primera lectura: Hechos de los apóstoles 8, 5-8. 14-17; Salmo 65, 1-3a. 4-5. 6-7a. 16 y 20 (R.: 1); Segunda lectura: 1 Pedro 3, 15-18; Evangelio: Juan 14, 15-21.


El Evangelio de hoy es parte del discurso de despedida de Jesús durante la Última Cena. El Señor sabe que ya se acerca su pasión, muerte y resurrección. Por eso, sus palabras tienen un tono profundamente espiritual y lleno de consuelo. Jesús prepara el corazón de sus discípulos para el momento en que ya no lo verán físicamente, pero también les promete que no los abandonará.

Y en ese contexto aparece esta frase tan importante: «Yo le pediré al Padre que les dé otro Paráclito». La palabra Paráclito significa defensor, consolador, aquel que acompaña y sostiene. Pero aquí hay un detalle muy hermoso: si Jesús habla de «otro» Paráclito, significa que el primer Paráclito es Él mismo. Cristo ha sido quien ha defendido, acompañado y guiado a sus discípulos. Ahora promete que el Espíritu Santo continuará esa misma presencia en medio de la Iglesia.

Pero el Señor pone una condición muy clara: «Si me aman, guardarán mis mandamientos». El amor a Cristo no puede quedarse solamente en palabras bonitas o sentimientos pasajeros. El verdadero amor se demuestra viviendo según la voluntad de Dios. Y justamente obedecer los mandamientos del Señor facilita la inhabitación del Espíritu Santo en nuestra alma. Cuando una persona vive en gracia, cuando lucha por hacer el bien, cuando busca sinceramente a Dios, el Espíritu Santo encuentra un corazón donde habitar.

Por eso Jesús dice también: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y yo también lo amaré y me manifestaré a él». Cristo sigue manifestándose en medio de su pueblo. Y muchas veces lo hace a través de las obras que realiza en aquellos que viven unidos a Él.

Eso lo vemos claramente en la primera lectura. Felipe no solamente predica, sino que también obra signos y prodigios en el nombre de Jesucristo. Los enfermos son curados, los espíritus inmundos salen y toda la ciudad se llena de alegría. Ahí donde reina Cristo, Dios sigue actuando. Una Iglesia donde verdaderamente se vive el Evangelio nunca será una Iglesia apagada; siempre habrá vida, esperanza y acción del Espíritu Santo.

Además, vemos cómo Pedro y Juan bajan a Samaría para imponer las manos sobre los bautizados y que reciban el Espíritu Santo. Muchos ven aquí una de las primeras manifestaciones de la praxis de la Confirmación en la Iglesia naciente: el Espíritu comunicado mediante la imposición de manos apostólica.

Y todo esto tiene un profundo contexto pascual. Las tres lecturas nos hablan de la vida nueva que nace de Cristo resucitado. La segunda lectura termina diciendo que Jesús fue «muerto en la carne, pero vivificado en el Espíritu». Es el Espíritu Santo quien manifiesta la victoria de Cristo sobre la muerte. Por eso el cristiano nunca vive solo. El Señor no nos deja huérfanos. Cristo resucitado sigue vivo en su Iglesia y sigue habitando en aquellos que verdaderamente lo aman y guardan su palabra.

Buen Domingo en la presencia del Señor.

P. Martín 

P.d. Dejo una reflexión anterior que puede ayudar.

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