DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A
Primera lectura: 2 Reyes 4, 8-11. 14-16a; Salmo 88, 2-3. 16-17. 18-19 (R.: 2a); Segunda lectura: Romanos 6, 3-4. 8-11; Evangelio: Mateo 10, 37-42.
El Evangelio de hoy nos presenta algunas de las palabras más exigentes de Jesús. A primera vista pueden parecernos duras: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». Sin embargo, el Señor no nos invita a despreciar a nuestra familia. La misma Sagrada Escritura nos enseña que honrar a los padres es fuente de bendición y uno de los mandamientos fundamentales. Lo que Jesús quiere enseñarnos es que Dios debe ocupar siempre el primer lugar en nuestra vida.
Ningún afecto humano, por noble y legítimo que sea, puede estar por encima de aquel que nos ha dado la vida y nos ofrece la salvación. Cuando el amor a Dios ocupa el primer lugar, todos los demás amores encuentran su verdadero orden y su auténtico sentido.
Por eso el Señor añade: «El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí». En tiempos de Jesús, la cruz no era un símbolo de gloria, sino de sufrimiento, humillación y muerte. Los primeros cristianos incluso evitaban representarla, porque les recordaba un castigo terrible. Sin embargo, a la luz de la Resurrección, la cruz se convirtió en el signo supremo del amor de Dios. Allí donde parecía triunfar el mal, Dios realizó la obra de nuestra redención. Cargar la cruz significa aceptar con fe las dificultades, sacrificios y renuncias que implica seguir a Cristo.
También escuchamos una enseñanza que contradice la lógica del mundo: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará». Nuestra sociedad suele valorar por encima de todo el éxito, la comodidad, el dinero y el bienestar personal. Sin embargo, Jesús nos muestra que la verdadera plenitud se alcanza cuando aprendemos a entregarnos. El egoísmo encierra; el amor libera. Quien vive solo para sí mismo termina perdiéndose; quien se dona generosamente encuentra la vida verdadera.
Finalmente, el Señor nos invita a descubrir su presencia en los demás. Recibir a un profeta, a un justo o a uno de los pequeños es recibir al mismo Cristo. Muchas veces el egoísmo nos vuelve indiferentes ante quienes sufren, ante los pobres, los necesitados o aquellos que Dios pone en nuestro camino. Pero el discípulo aprende a reconocer en ellos el rostro del Señor.
La recompensa prometida por Jesús es grande: quien sirve a Cristo en sus hermanos no perderá su recompensa. El cielo es la meta de quienes han sabido amar, servir y reconocer al Señor presente en medio de su pueblo.
Buen domingo en la presencia del Señor.
P. Martín
P.d. Dejo una reflexión anterior que puede ayudar.

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