DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

Primera lectura: Isaías 22, 19-23; Salmo 137, 1-2a. 2bc-3. 6 y 8bc (R.: 8bc); Segunda lectura: Romanos 11, 33-36; Evangelio: Mateo 16, 13-20.


La oración colecta de este domingo nos hace pedir algo muy profundo. No pedimos solamente cumplir la voluntad de Dios, sino «amar lo que prescribes y esperar lo que prometes». Y aquí hay una diferencia grande. Una cosa es hacer lo que Dios quiere porque toca hacerlo, y otra muy distinta es llegar a amar lo que Dios quiere para nosotros, incluso cuando supone renuncia, sacrificio, abnegación y cruz. La fe madura cuando dejamos de preguntarnos solamente qué quiere Dios de mí y comenzamos a aprender a querer lo mismo que Dios quiere.

Por eso la oración añade que debemos esperar lo que él promete. Dios nos promete la vida eterna, nos promete el cielo. Pero el camino hacia esa promesa pasa también por aprender a morir a nosotros mismos, a nuestros caprichos, a nuestros egoísmos, a aquello que muchas veces nos impide seguir de verdad al Señor. El cristiano vive en medio de las «vicisitudes del mundo», pero con el corazón puesto en los bienes que no pasan. Todo cambia, pero el corazón debe permanecer firme allí donde están los verdaderos gozos.

La primera lectura nos presenta a Eliaquín. Dios le entrega «la llave de la casa de David». Esa llave significa autoridad, pero una autoridad recibida, no conquistada. Él no es dueño de la casa; es servidor de una casa que pertenece a otro.

Y esta imagen ilumina directamente el Evangelio. Jesús dice a Pedro: «Te daré las llaves del reino de los cielos». Como Eliaquín recibió la llave de la casa de David, Pedro recibe ahora las llaves del Reino. Cristo es el Señor de la casa; Pedro recibe una misión y una responsabilidad dentro de ella.

Y todavía hay una frase más fuerte: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Jesús no dice que Pedro edificará la Iglesia. Dice: «edificaré mi Iglesia». La Iglesia es de Cristo, pero Cristo ha querido contar con Pedro, con su fe y con su misión.

Todo comienza con una pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Pero Jesús inmediatamente le recuerda que ese conocimiento no nace solamente de su inteligencia: «eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre».

Aquí se une muy bien la segunda lectura. San Pablo exclama: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!». Nunca terminamos de conocer los caminos de Dios. Pedro reconoce correctamente quién es Jesús, pero todavía tendrá que aprender que el Mesías pasa por la cruz.

También nosotros podemos confesar nuestra fe y, sin embargo, resistirnos cuando esa fe nos pide renunciar, sacrificarnos o aceptar caminos que no entendemos. Por eso hoy podemos pedir al Señor algo sencillo pero exigente: no solamente hacer su voluntad, sino amarla; no solamente esperar sus promesas, sino vivir ya con el corazón puesto en el cielo, sabiendo que para llegar a la vida nueva hay que aprender también a pasar por la cruz.

Buen domingo en la presencia del Señor. 

P. Martín

P.d. comparto una reflexión anterior que puede complementar. 

https://pmartinreflexiones.blogspot.com/2023/08/primera-lectura-isaias-22-19-23-salmo.html?m=1


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