SOLEMNIDAD DE SANTA ROSA DE LIMA

Primera lectura: Eclesiástico 3, 17-24, Salmo 15, 1-2a.5.7-8.11, Segunda lectura: Filipenses 3, 8-14, Evangelio: Mateo 13, 31-35.


Oración, penitencia y misericordia: una vida conquistada por Cristo

Este domingo, 30 de agosto, el Perú celebra con alegría la solemnidad de Santa Rosa de Lima, la primera santa de América y una de las figuras más entrañables de nuestra historia cristiana.

1. ¿Por qué celebramos a Santa Rosa el 30 de agosto?

Hay un detalle que quizá muchos desconocen. Santa Rosa no murió el 30 de agosto. Murió el 24 de agosto de 1617, con apenas 31 años de edad.

Normalmente la Iglesia procura celebrar a los santos en el día de su muerte, porque ese día es considerado su dies natalis, su «nacimiento para el cielo». Pero el 24 de agosto estaba ya ocupado desde antiguo por la fiesta de san Bartolomé, apóstol. Por eso, cuando después de su canonización se organizó su celebración litúrgica, se le asignó el 30 de agosto, una fecha cercana a su muerte que podía acoger convenientemente su fiesta.

Así quedó establecida desde el siglo XVII y así la recibió nuestro pueblo. Más tarde, con la reforma del Calendario Romano, la Iglesia universal trasladó su memoria al 23 de agosto, precisamente para acercarla nuevamente al día de su muerte. Sin embargo, en el Perú conservó el tradicional 30 de agosto, que para nosotros tiene categoría de solemnidad.

Por eso, el 30 de agosto no es simplemente una costumbre popular ni una fecha escogida arbitrariamente. Es una tradición litúrgica de varios siglos que ha quedado profundamente unida a la historia religiosa y cultural del Perú.

2. Oración, penitencia y misericordia

Pero más importante que saber por qué celebramos a Rosa el día 30 es preguntarnos qué celebramos en ella.

Y la oración colecta de la Misa nos ofrece una respuesta preciosa al presentarnos a Rosa consagrada al Señor en la oración, la penitencia y la misericordia. Creo que estas tres palabras nos permiten entrar en lo más profundo de su vida.

Lo primero es la oración. Rosa fue una mujer profundamente enamorada de Jesucristo. Y quizá esta sea la clave para comprender todo lo demás. Si miramos solamente sus penitencias, sus largas horas de oración o sus sacrificios, podemos quedarnos con una imagen incompleta, incluso extraña, de su santidad. Hay que comenzar por el amor.

San Pablo nos entrega hoy una frase que parece escrita para explicar la vida de Rosa: «Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor».

Eso fue precisamente lo que le ocurrió a Rosa. Ella descubrió algo que también nosotros necesitamos descubrir: cuando uno encuentra verdaderamente a Cristo, comienza a ordenar toda su vida de otra manera.

No significa despreciar la familia, los amigos, el trabajo, la belleza, los bienes materiales o las alegrías legítimas de esta tierra. Significa descubrir que nada de ello puede ocupar el lugar de Dios. Todo es bueno cuando está en su lugar; pero cuando alguna realidad creada pretende ocupar el lugar que solamente corresponde a Dios, termina esclavizándonos.

Rosa comprendió muy joven que Jesucristo no podía ser una parte más de su vida. Tenía que ser el centro.

Por eso rezaba. No simplemente porque tuviera que cumplir una obligación religiosa. Rezaba porque quería estar con aquel a quien amaba. La verdadera oración nace allí: cuando dejamos de considerar a Dios como alguien a quien solamente acudimos cuando tenemos problemas y empezamos a descubrirlo como Alguien con quien queremos compartir la vida.

La segunda palabra es penitencia. Y aquí necesitamos comprender bien a Santa Rosa. Sería equivocado quedarnos solamente en las formas extraordinarias de penitencia propias de la espiritualidad de su época. No todas ellas tienen que ser imitadas literalmente. Lo que sí debemos imitar es aquello que estaba detrás: una mujer que había aprendido a negarse a sí misma para que Dios pudiera ocupar más espacio en su corazón.

La penitencia cristiana no consiste en odiar el cuerpo ni en buscar el sufrimiento por el sufrimiento. Consiste en aprender a decirnos «no» a nosotros mismos cuando sea necesario para poder decirle «sí» a Dios.

Y esto conecta perfectamente con la primera lectura del Eclesiástico: «Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad… Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios».

Tal vez una de las penitencias más difíciles para el hombre contemporáneo sea precisamente esta: hacerse pequeño.

Nos cuesta pasar desapercibidos. Nos cuesta no tener la última palabra. Nos cuesta reconocer un error. Nos cuesta renunciar a algo que deseamos. Nos cuesta que otros sean reconocidos y nosotros no. Nos cuesta aceptar que no todo tiene que hacerse según nuestra voluntad.

Rosa comprendió que para que Cristo creciera dentro de ella había algo de Rosa que tenía que disminuir. Eso es penitencia.

Por eso la penitencia sigue siendo profundamente actual. Quizá nosotros no tendremos que realizar las austeridades de Santa Rosa, pero todos necesitamos aprender a dominar nuestro carácter, nuestros impulsos, nuestros caprichos, nuestro orgullo, nuestra necesidad de reconocimiento. La penitencia nos devuelve la libertad interior para poder escoger aquello que verdaderamente vale.

Y finalmente aparece la tercera palabra: misericordia. La oración verdadera nunca nos encierra. Quien realmente se encuentra con Dios termina encontrándose también con el hermano.

Santa Rosa no vivió indiferente al sufrimiento de las personas que estaban alrededor suyo. Atendía pobres y enfermos, ayudaba a los necesitados y trabajaba incluso con sus propias manos para colaborar con su familia. Su oración no la sacó del mundo: le enseñó a mirar el mundo con los ojos de Cristo.

Por eso las tres palabras no pueden separarse. La oración nos lleva al encuentro con Dios; la penitencia nos libera de nosotros mismos; y la misericordia nos abre a las necesidades de los demás.

Así se va construyendo el Reino de Dios.

El Evangelio compara hoy el Reino con un pequeño grano de mostaza y con un poco de levadura escondida en la masa. Parece poco, parece insignificante, pero termina transformándolo todo. Así actúan los santos.

Los santos no siempre cambian la historia desde los grandes escenarios. Muchas veces comienzan en una habitación, en una familia, en una pequeña ermita, cuidando un enfermo, perdonando una ofensa, rezando silenciosamente, realizando bien un trabajo cotidiano, ofreciendo una dificultad o haciendo el bien sin que nadie los vea.

El Reino de los cielos crece porque existen hombres y mujeres que permiten que Dios reine primero en ellos.

Los santos son esa levadura escondida de Dios en la historia.

Rosa fue una joven limeña aparentemente pequeña frente a la inmensidad del mundo. Y, sin embargo, más de cuatro siglos después seguimos hablando de ella. El pequeño grano creció. La levadura fermentó la masa. Una vida escondida en Cristo terminó iluminando a todo un continente.

3. Santa Rosa, una joven mujer que supo quién era

Y quisiera detenerme finalmente en algo especialmente hermoso de Santa Rosa: su condición de mujer joven.

Murió a los 31 años. No estamos hablando de una mujer que llegó a la santidad después de una larga ancianidad. La mayor parte de lo que admiramos de Rosa ocurrió durante su juventud.

Y esto tiene mucho que decir, especialmente a nuestras jóvenes.

Vivimos en una época en la que se habla muchísimo —y con razón— de la dignidad, la libertad y los derechos de la mujer. Muchas conquistas han sido necesarias y valiosas. Pero también pueden aparecer algunas maneras de entender esa libertad que terminan identificándola con la exhibición, con la búsqueda permanente de aprobación, con la ruptura de todo límite o incluso con el rechazo de aquellos rasgos que pertenecen legítimamente a la riqueza de la feminidad.

Santa Rosa nos muestra otro camino, sin necesidad de entrar en polémicas con nadie.

Rosa fue una mujer de personalidad fuerte. Supo tomar decisiones. Cuando su familia deseaba para ella un matrimonio conveniente, defendió con firmeza la vocación que había descubierto. Trabajó con sus manos; sabía coser, bordar y tejer, cultivó la música y el canto. No fue una joven inútil, encerrada y ajena a la realidad. Ayudaba económicamente a su familia, atendía enfermos y poseía una extraordinaria sensibilidad espiritual.

Y era además una mujer reconocida por su belleza. Pero hay aquí algo profundamente actual: Rosa no convirtió su belleza en el centro de su identidad.

No necesitó exhibirse para sentirse valiosa. No vivió pendiente de atraer miradas. No hizo de la seducción una forma de afirmarse ante los demás. Tampoco permitió que fueran otros quienes decidieran cuánto valía ella.

Sabía que su dignidad era mucho más profunda.

Y quizá aquí haya un mensaje muy hermoso para una adolescente o una joven de nuestro tiempo: tu valor no depende de cuántas personas te miran, de cuántos elogios recibes, de cuántos seguidores tienes, de si tu cuerpo responde a determinados modelos de belleza o de cuánto consigues llamar la atención.

La verdadera libertad no consiste simplemente en poder hacer todo lo que uno desea. Consiste en llegar a ser tan dueño de uno mismo que pueda decidir conscientemente a quién y a qué quiere entregar su vida.

Rosa pudo elegir porque era interiormente libre.

Y esto no disminuyó su feminidad. Todo lo contrario. En ella encontramos delicadeza y fortaleza, sensibilidad y decisión, contemplación y trabajo, ternura con el enfermo y firmeza para defender aquello en lo que creía. Por eso puede ser también un hermoso modelo de feminidad cristiana: una mujer que no necesitó dejar de ser mujer para ser fuerte, ni dejar de ser fuerte para ser profundamente femenina.

Una mujer que descubrió que su cuerpo, sus cualidades, su belleza, su juventud y sus afectos no existían simplemente para llamar la atención sobre ella misma, sino que podían convertirse en un don.

Y aquí llegamos quizá al secreto más profundo de Rosa. En 1617, pocos meses antes de morir, mientras oraba ante la imagen de Nuestra Señora del Rosario en Santo Domingo, vivió aquello que la tradición conoce como su desposorio místico. El Niño Jesús le dijo: «Rosa de mi corazón, sé mi esposa». Y ella respondió: «Señor, aquí tienes a tu esclava; tuya soy y tuya seré para siempre».

Quizá en esas palabras está resumida toda su vida. «Tuya soy»: eso es oración, porque significa pertenecer a Dios y hacer de Él el centro de la existencia; eso es penitencia, porque supone apartar de la vida aquello que impide entregarse enteramente al Señor; y eso es misericordia, porque quien verdaderamente pertenece a Cristo aprende también a entregarse a aquellos a quienes Cristo ama.

Esta podría ser también nuestra oración en la solemnidad de Santa Rosa. No necesitamos copiar externamente todas las formas concretas de su vida, propias también de una época y de una espiritualidad determinada. Lo que necesitamos es descubrir el fuego que ardía dentro de ella y aprender, como ella, a poner a Cristo por encima de todo. Que en medio de nuestras responsabilidades, de nuestro trabajo, de nuestras luchas, de nuestros afectos y de nuestra propia vocación podamos decirle también al Señor: «Tuyo soy; que mi vida te pertenezca y que todo lo que soy encuentre en ti su verdadero sentido». Porque cuando Cristo ocupa verdaderamente el centro de la vida, todo lo demás encuentra finalmente su lugar.

Buen domingo en la presencia del Señor. 

P. Martín

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