DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

Primera lectura: Ez 33, 7-9; Sal 94; Segunda lectura: Rm 13, 8-10; Evangelio Mt 18, 15-20.


Hay una palabra que atraviesa las lecturas de este domingo: responsabilidad. Dios no nos ha creado para vivir aislados, preocupados únicamente de nuestra propia salvación. Somos responsables, de alguna manera, de nuestros hermanos. Por eso el Señor le dice al profeta Ezequiel: «A ti te he puesto como centinela». El centinela no puede permanecer indiferente cuando ve venir el peligro. Tiene que advertir, hablar, ayudar.

El Evangelio lleva esta enseñanza a algo muy concreto: la corrección fraterna. Jesús dice: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas». Aquí hay una enseñanza que necesitamos recuperar. Cuando alguien se equivoca, muchas veces hacemos exactamente lo contrario: primero se lo contamos a los demás y al último que se entera es la persona interesada. Comentamos, criticamos, difundimos y, algunas veces, hasta exageramos. Cristo propone otro camino: habla primero con tu hermano.

Pero también importa cómo se corrige. No toda corrección es cristiana. Se puede decir la verdad con soberbia, con violencia o buscando humillar. La corrección cristiana nace del amor. San Pablo lo resume maravillosamente: «El que ama al prójimo ha cumplido la ley». Si corrijo porque quiero demostrar que tengo razón, probablemente no estoy corrigiendo como Cristo. Si corrijo porque deseo sinceramente el bien del otro, entonces mi palabra puede ayudarlo.

Esto supone también aprender a dejarnos corregir. Es muy fácil descubrir los defectos ajenos y bastante más difícil aceptar que alguien nos diga que estamos equivocados. A veces confundimos cualquier observación con un ataque. La humildad nos permite preguntarnos: ¿y si tiene razón?, ¿qué quiere enseñarme Dios a través de esta persona?

Finalmente, Jesús termina hablando de la comunidad: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». La vida cristiana no se vive en solitario. Necesitamos una comunidad que rece con nosotros, que nos sostenga, que nos anime y también, cuando sea necesario, que nos corrija.

Por eso hoy podríamos pedir una gracia muy sencilla: saber hablar cuando debemos hablar, saber callar cuando debemos callar y, sobre todo, saber hacerlo todo desde el amor. Porque una corrección que nace del amor no destruye al hermano: busca recuperarlo. Y ese es precisamente el deseo de Cristo: que ninguno de los suyos se pierda.

Buen domingo la presencia el Señor. 

P. Martín 


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