DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura: Isaías 55, 6-9; Salmo 144, 2-3. 8-9. 17-18 (R.: 18a); Segunda lectura: Filipenses 1, 20c-24. 27a; Evangelio: Mateo 20, 1-16.



Las lecturas de este domingo nos hablan de algo muy concreto: Dios sale a nuestro encuentro y nos invita a entrar en su manera de mirar la vida. Pero ese encuentro no siempre es sencillo, porque muchas veces nosotros queremos que Dios piense como nosotros, actúe como nosotros y mida las cosas con nuestros mismos criterios.

La primera lectura lo dice con mucha claridad: «Busquen al Señor mientras se deja encontrar». Dios no está lejos ni escondido. Es un Dios que se deja encontrar, que se acerca, que llama y que espera una respuesta. Pero encontrar al Señor también significa estar dispuestos a cambiar. Por eso Isaías añade: «Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes». Encontrarse con Dios no es solamente sentir consuelo o tranquilidad; muchas veces significa descubrir que tenemos que corregir nuestra manera de pensar, de juzgar o de relacionarnos con los demás.

San Pablo expresa hasta dónde puede llegar ese encuentro cuando dice: «Para mí la vida es Cristo». No es simplemente una frase bonita. Pablo ha llegado a descubrir que Cristo da sentido a toda su existencia. Su vida ya no gira solamente alrededor de sus propios proyectos, deseos o seguridades. Cristo se ha convertido en el centro de todo. Y quizá esta sea una buena pregunta para nosotros: ¿qué lugar ocupa realmente el Señor en mi vida? ¿Es alguien a quien busco solamente cuando tengo problemas o es verdaderamente parte de mis decisiones, mis preocupaciones, mi trabajo, mi familia y mi manera de vivir?

El Evangelio presenta al dueño de una viña que sale varias veces durante el día a buscar trabajadores. Sale temprano, vuelve a salir más tarde, al mediodía, por la tarde e incluso cuando ya queda muy poco tiempo para trabajar. Esta imagen nos revela algo muy hermoso: Dios nunca se cansa de salir a buscarnos. Para Él nunca es demasiado tarde. Algunos lo encuentran muy pronto; otros después de muchos años; otros quizá cuando sienten que han perdido demasiado tiempo. Pero Dios sigue saliendo al camino.

El problema aparece cuando los primeros trabajadores comienzan a compararse con los demás. Ellos habían recibido lo acordado, pero se sienten perjudicados porque los últimos reciben también un denario. Y ahí aparece una de nuestras grandes dificultades: queremos medir la bondad de Dios según nuestros cálculos.

A veces pensamos: «Yo he hecho más», «yo he servido durante años», «yo he cumplido», «yo merezco más». Sin embargo, Jesús nos recuerda que el amor de Dios no se reparte como si fuera un salario. Dios no ama menos a unos para poder amar más a otros.

Encontrarse con el Señor significa también aprender a alegrarnos porque Dios es bueno con los demás. Significa dejar las comparaciones, los resentimientos y los cálculos. El Señor sigue saliendo hoy a buscarnos. La pregunta es si estamos dispuestos a dejarnos encontrar por Él y permitir que cambie nuestra manera de mirar la vida y a los demás.

Buen domingo en la presencia de Señora.

P. Martín 


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